viernes, 15 de septiembre de 2017

LA HISTORIA SE REPITE


La historia se repite

Por Federico Bello Landrove


     ¿Qué sucedería si, en una historia completamente real, pudiésemos introducir un personaje imaginario? Por ejemplo, si, en una etapa avanzada de su vida, la novelista Dolores Medio[1] se topara con una maestrita, joven y apurada, que parece salida de uno de sus libros. Según el título de este relato, parece que todo seguiría igual, pero no se fíen: una vez que empiezo a escribir, se me descomponen los esquemas.



1.      Final de curso


     Domingo, 29 de junio de 1975, 16:50 horas. Los altavoces de la estación de autobuses de Madrid confirman el aviso que acaba de aparecer en el panel de salidas:

-          Autobús de la empresa El Gato, con destino Navalcarnero, Aldea del Fresno, San Martín de Valdeiglesias, Cadalso de los Vidrios y Cenicientos, se encuentra estacionado en la dársena 15. Tiene prevista su salida a las 17 horas.

     Dos señoras se levantan a toda prisa de un banco corrido del vestíbulo y se apresuran hacia las puertas de embarque. Una lleva una pequeña maleta de cuero granate, en tanto la otra cuelga del hombro un amplio bolso de escay beis con forma de capazo. Alcanzan la salida de andenes y la portadora de la maleta pregunta al chófer:

-          ¿Para Cenicientos?
-          Colóquela donde quiera. Es final de trayecto.

     Las señoras -que, por edad y parecido, se diría que son hermanas- se despiden, entre el cariño y la premura. La que se queda transfiere el bolso a la viajera y le advierte:

-          Insiste para que te den un curso del segundo ciclo. Cuarto sería el mejor.
-          Sí, Teresa.
-          Y que el aula sea luminosa. Adviérteles de que tienes los ojos muy delicados.
-          Tampoco hay que exagerar, Tere.
-          Y no dejes de telefonearme mañana, para decirme cuándo vuelves.
-          Tal vez no regrese y me dedique a hacer turismo.
-          ¡Qué cosas tienes, Lola! Ya sabes que hemos de salir para Salinas cuanto antes, que tenemos reservado el hotel desde pasado mañana.
-          Era broma, Teresina. En cuanto me presente y aclare mi situación para el próximo curso, me vuelvo a los Madriles. ¡Menudo calor hace ya para andar callejeando por ese poblacho perdido!

     Una muchacha de pantalones, con un maletín, las aparta con suavidad y sube al autobús. El conductor, a pie de portezuela, se impacienta:

-          Vamos a salir. Ocupen sus asientos.

     La dama que atiende por Lola, obedece. Enseña el billete y, por decir algo, pregunta lo que ya sabe:

-          ¿A qué hora llegaremos?
-          Domingo y en estas fechas, calcule usted por lo menos dos horas.

     La viajera tuerce el gesto y dice para sí:

-          Al señor De Juan[2] le hacía yo ir corriendo detrás del autobús.

     El vehículo se pone en marcha. Desde el andén, todavía doña Teresa se lleva la mano a la cara en ademán inconfundible de telefonear. Su, ya más que presunta, hermana asiente con el gesto, murmurando:

-          Cenicientos (Madrid)… Si se descuidan, se les acaba la provincia.

***

     En el asiento 22, la joven de los pantalones no pone atención a un paisaje que conoce bien. Con los ojos entornados, saca del bolsillo una carta doblada y la retiene entre las manos, demorando su relectura. Paran en Móstoles y ocupa el asiento aledaño un individuo gordo y sudoroso, que trata de pegar la hebra con temas fútiles, sin cejar en su empeño por más que ella cierre los ojos. No sabiendo cómo parar la verborrea, saca la cuartilla del sobre y hace como si leyese el texto con atención. Parece neutro, pero no deja de despertar sus aprensiones:

     Querida Nines:
     No sé si hice bien viniéndome para Zamora a pasar en familia el cumpleaños de mi madre. Lo digo porque, todavía en el tren, me llegó la tristísima noticia del fallecimiento de nuestro Padre, don Josemaría[3]. Apenas llegado a casa, telefoneé al Encargado para consultarle lo que hacer y preguntar si se mantenían las fechas de la consagración del Santuario y de la ceremonia de la Fidelidad. Me aconsejó que participe de los actos funerarios que realicen en la Casa de aquí y me dijo que no habían recibido de Roma, ni del Consiliario en Madrid, indicaciones para alterar planes ni fechas. Pero, y he aquí la sorpresa, me indicó que don Florencio[4] quería hablar personalmente conmigo -¡figúrate!- citándome para el próximo lunes, día 30, a las doce en Vitruvio. Así que acabo de llamar al Director del Instituto para que me dé permiso en el último día del curso y a ti, como te empeñas en seguir sin teléfono, te pongo unas letras para que no me esperes el próximo lunes y para informarte del porqué.
     Con todos estos líos y prisas, me temo que ya no podremos vernos antes del Gran Día -como tú dices en broma y yo valoro en serio-. Claro que siempre cabe la posibilidad de que cambies de idea y te presentes el 7 en Torreciudad [5]. Ya sabes que estaría encantado de que me acompañaras en esos momentos y seguro que te haría mucho bien: La Virgen hace milagros, incluso el de convertir en santas a personas mucho más difíciles que tú.
     Espero que esta carta te llegue a tiempo para que la recibas en Madrid este fin de semana, pues voy a salir a echarla ahora mismo, aunque sean las tantas. Y, en cualquier caso, ya te he puesto al día de las novedades.
     Tan pronto quede libre de ceremonias, te telefonearé a casa de tus padres, como habíamos quedado. Creo que nos dará tiempo de prepararlo TODO antes de que comience el próximo curso. A ver si no te cargan con tutorías ni malos horarios, con la historia de que eres soltera y de la última hornada (si hace falta, dile a la Directora que vas a casarte muy pronto).
    Feliz inicio de vacaciones. Te quiere muchísimo,
   Anselmo.

***

     Tres filas por delante, Lola no aparta la mirada de la ventanilla, aunque le cueste trabajo resistir la luminosidad del sol veraniego, pese a sus gafas Ray-Ban. El caballero de junto al cristal, que empieza a torrarse, suplica:

-          Señora, ¿le importaría que corriese la cortinilla?
-          Podemos cambiarnos de asiento, responde ella.

     Inician de consuno la maniobra, que la dama corta de pronto:

-          Mejor nos quedamos como estamos. Bien pensado, tanto sol no es bueno.
-          Tiene usted razón. Entre cristales, se asa uno.

     La dama -quizá deberíamos llamarla ya Dolores, por razones obvias- rebusca entre los mil y un trebejos de su bolso el libro que, a hurtadillas, le ha metido su hermana en el último momento. ¿Se tratará de El otoño del Patriarca, que estaba sobre su mesilla de noche y está leyendo con la necesaria morosidad? Al fin da con el tomo y lo saca. Se le escapa una exclamación algo escatológica:

-          ¡Me ca… Qué ocurrencia!

     Nada menos que un libro suyo de quince años atrás. Bueno, quince desde que se publicó, con la venia de la censura del Patriarca hispánico invicto. ¡Esta Teresa extrema sus cuidados! Parece como si, en vez de haber pedido el reingreso en el magisterio, hubiera sentado plaza en la Legión.

     Le divierte solo el pensar que su hermana quiera ponerla en situación con la lectura del diario de una maestrita de la República. Ahí es nada, lidiar la E.G.B.[6] con la muleta de la Institución[7], o comparar una unitaria de la Asturias profunda con una graduada de la provincia de Madrid, aunque sea donde el señor Esteruelas[8] perdió el chaleco. Quizá no fue buena idea solicitar el reingreso para consolidar los derechos pasivos: Entre los derechos de autor, las colaboraciones en prensa y alguna conferencia que otra, tenía para vivir. Y los gastos, a medias con su hermana, que la O.N.C.E.[9] no paga nada mal. En fin, a lo hecho, pecho. En último extremo, si no aguanta, lo deja y en paz.

     Así dice para sí, pero ella sabe que es terca y dura, y que las ha pasado bastante peores, con los expedientes de cuando la Guerra y las denuncias del párroco Cue[10]. Seguro que, aunque la leen cada vez menos, a las compañeras mayores les sonará su apellido y el Inspector ya le habrá dado un toque a la Directora, como le prometió el tal De Juan. Claro que ¡como para fiarse de él! Algo en la provincia, algún pueblo de Madrid, le dijo y mira tú: a ochenta y cinco kilómetros y por mala carretera. Un destierro, vamos, peor que los de antaño, que ella sigue sin coche y con sesenta y tres tacos en las lumbares…

     De forma inconsciente, abre el Diario y fija por un momento la vista en las páginas, tan deslucidas ya por el roce y el tiempo. 7 de octubre de 1945Bernardo, créame que agradezco su proposición, aunque no puedo aceptarla… Tendría gracia que algún viticultor de la zona le hiciera la corte, que ser maestra de pueblo todavía es un grado. ¡Qué digo, maestra! ¡Profesora[11]! Así que, como mínimo, podrá aspirar a un concejal, y de Festejos, a ser posible.

     Frenazo y parada. Por lo menos llevan ya cinco.

-          ¿En dónde estamos?, pregunta al viajero colateral, que se dispone a apearse.
-          San Martín de Valdeiglesias, le responde, al tiempo que la pisa de refilón en un zapato.

-          ¡Señor, qué viajecito! -suspira-. Si, por lo menos, la habitación del hostal tuviese bañera y agua caliente…

***

     Nines no aguanta más los denodados intentos de su vecino de asiento por entablar conversación. En otras circunstancias habría transigido, pero desde que recibió la carta de Selmo tiene los nervios de punta. Además, cree recordar que la cara del impertinente la ha visto por Cadalso… ¡justo!, cuando fue con Carmina a escoger la encimera de granito de la cocina. Y para llegar allá falta aún media hora. Se levanta, coge el maletín del portaequipajes y balbucea una disculpa:

-          Me está molestando el sol. Me paso al otro lado del autocar.

     Avanza trastabillando, hasta unas filas más adelante, donde halla un sitio libre junto al pasillo. De buena gana avanzaría aún más, pero empieza a llegarle alto y distinto el sonido de la radio del conductor y no está ella hoy para sacar el güisqui para el personal[12]. Se acomoda y echa un vistazo a su derecha. Sobre el asiento abandonado, la sonríe la Princesa de Asturias, primera página del ABC. Toma el diario y lo hojea hasta dar, en la página 19, con la noticia que buscaba: Funerales por el alma de Monseñor Escrivá de Balaguer. ¡Ya podía deshacerse su Obra como lo hará su cuerpo, Dios me perdone! No sé lo que me digo. Después de todo, ¿sería Anselmo tan firme, tan honesto, tan preparado, si hubiese dado de lado al Celador del que tanto habla y que lo pescó a mitad de Carrera? Además, ya han acordado el término medio, esa cuadratura del círculo que llaman supernumerario. Así podrán casarse. Selmo ya se ha hecho a la idea y, lo que era más difícil, ha convencido a los opusianos, como ella los llama. Así que primero, a incorporarse, profesar, o como se diga y, para finales de verano, si todo está listo, a casarse en la basílica de San Miguel[13]. Nines habría preferido su parroquia de siempre en Cuenca, donde la habían bautizado, dado la primera comunión y confirmado, pero, total, ¡qué más da! Ceder en lo accesorio para luchar por lo principal: su libertad de conciencia y una decisión sensata en lo del número de hijos. Tres o cuatro y ya está muy requetebién.

-          ¡Hombre!, musita, aquí habla del tal don Florencio. Sánchez Bella, como el ministro[14]. Serán hermanos. Lo extraño sería que un jefazo del Opus fuese hermano de un fontanero. Y ha estado en el funeral en Roma. No sé cómo va a llegar a Madrid mañana para entrevistarse con mi novio. ¡Qué bien suena, por fin, lo de mi novio, aunque no me haya tocado ni tanto así! En fin, novios son los que se van a casar que, para lo otro, tiempo habrá… y ganas.

     La última curva y la parada final en la plaza del Ayuntamiento. Los pocos viajeros que quedan van apeándose. Nines, sin equipaje apenas y buena conocedora de la villa, toma rápidamente la calle Real, camino de su pensión. Nuestra sexagenaria, maleta en mano, pregunta al chófer:

-          Por favor, ¿el hostal de La Corredera?
-          Ahí enfrente lo tiene. No hay que salir de la Plaza.

     A primera vista, ni la casa, ni el pueblo parecen nada del otro mundo pero, en fin, a mucho menos estuvo acostumbrada, salvo cuando el deslumbramiento de Pravia[15]; y Cenicientos es un nombre bien feo, pero ¡anda que Piloñeta[16]! Le viene a la mente y a los labios este pasaje:

-          Bien, Carita… ¡Los remos!... ¡Otra vez los remos…! El Gran Barquero no me permite soltarlos.

 ¡Que bobadas se escriben a veces!, se responde. ¡De tanto tiempo con ellos sueltos, apenas tendré ni callo ni estilo para bogar de nuevo!

     Un escalofrío coincide con el tropezón al escalar, maleta en ristre, el imponente banzo granítico del portalón de entrada al hostal.

-          ¡Culpa de mi hermana, que me ha enervado con ese libraco, hecho de tristezas y añejos recuerdos! Cuando vuelva, la doy con él en la cocorota.

***



     Lunes, 30 de junio de 1975. La cosa no ha podido ir mejor -juzga Dolores-. Tan pronto se hubieron sentado en su despacho, la Directora le había dado la grata noticia:

-          Va a quedar libre, por traslado, el segundo curso, pero no creo que sea lo más indicado para tu edad -y perdona que te lo diga-. Así que, con tu experiencia como escritora, hemos pensado en hacerte un hueco en Lengua de segunda etapa. Hemos: quiero decir, el Inspector y yo. Extrañarás un poco el ir de clase en clase, sin alumnos propios, como en los Institutos, pero te acostumbrarás en seguida.
    -    A estas alturas, Berta, no estoy habituada a nada. Así que te agradezco la cortesía y procuraré haceros quedar bien.
-          Por supuesto, Dolores, estoy segura de ello. ¿Cuánto hace que dejaste la escuela, veinte años?
-          En el 53, pero ya ocho años antes puse una sustituta de mi bolsillo y me vine para Madrid.
-          Claro, en el 53, cuando el premio. ¡Menudo pellizco, además de la fama!
-          Cincuenta mil pesetas. Era lo que una maestra ganaba entonces en cuatro años de trabajo.
-          En fin, chica, voy a darte un juego de libros de tu asignatura para sexto, séptimo y octavo. Así podrás entretenerte en vacaciones y ponerte al día de programas y recursos pedagógicos.
-          También querría presentarme y saludar a las compañeras.
-          Desde luego. A las once es el recreo. Será el mejor momento para ello.

    Las presentaciones fueron un poco peor. Las compañeras eran casi todas jóvenes y, cuando la Directora pronunció su nombre y primer apellido de forma un tanto enfática, la mayoría se había quedado con cara inexpresiva. Fue necesario que doña Berta aclarara:

-          … Ya sabéis, la insigne escritora que ganó el premio Nadal hace unos cuantos años.
-          Y que, como ya se le ha acabado su importe, ha decidido reengancharse en la docencia y, de paso, ganarse el derecho a la pensión de jubilación.

     La ironía produjo el buen resultado de devolverla al nivel de sus colegas y dar a estas la oportunidad de preguntar los detalles. Aun sin querer, la Directora volvió a crear el hielo:

-          El próximo curso, Dolores se encargará de la Lengua de segunda etapa. Convendréis conmigo en que nadie está más cualificada que ella. Don Matías opina que será un honor para el Colegio.

     El informal claustro volvió unánime sus rostros hacía nuestra conocida Nines, la maestrita del maletín, que venía desempeñando ese puesto. La Dire se percató de tal hecho y de la incorrección de no habérselo anticipado, y salió del paso como pudo:

-          Va a quedar vacante, como sabéis, el segundo curso. Nadie mejor que Mary Ángeles, joven y alegre, para esos críos tan pequeños. Además, Dolores viene solo por tres años, que pasarán en un suspiro. Queda claro que, cuando ella se jubile, Ángeles podrá volver a su especialidad, si lo desea.

     Berta disolvió seguidamente la reunión, llevándose a Dolores a dar una vuelta por las instalaciones, para que las compañeras pudieran comentar a su sabor. Como es natural, la mayoría despellejaba a las ausentes y daban el pésame a la perjudicada, pero esta les cortó de manera tajante:

-          Es lógico. Si Severo Ochoa[17] viniera a dar clase al Colegio, supongo que no le encargarían de la gimnasia.

     Finalizado el recreo, Dolores dijo a la Directora:

-          Si no te importa, volveré por los libros al acabar las clases y, entre tanto, me daré una vuelta por el pueblo para ambientarme.
-          Villa, Dolores, villa, que aquí eso se lo toman muy a pecho: ser lo mismo que Madrid. Con eso y saber que a los naturales de Cenicientos los llaman coruchos, tienes mucho ganado.
-          Lo tendré en cuenta, no sea que me digan corucha y yo entienda que me toman por una pájara.

***

     A eso de la una, regresó nuestra profesora. En el despacho de doña Berta la esperaban dos bolsas de plástico atiborradas de libros.

-          Te he metido todo cuanto puedas necesitar para imponerte de la materia, incluso algunos libros de lectura que venimos usando desde que se implantó la Reforma… ¿Quieres que le diga a alguna de las chicas mayores que te eche una mano?
-          No es preciso. Yo la ayudo, que también voy para la Plaza -se ofreció Nines, que llegaba para despedirse de la Directora-.
-          No te habrá importado mucho el cambio…, le susurró esta al oído mientras se besaban.
-          ¡Oh, no! Tendré un curso más tranquilo y no sabes lo bien que va a venirme, repuso la joven maestra, con una sonrisa.

     Se repartieron las bolsas. Afuera hacía un calor soberano. Para entablar conversa, Dolores leyó en voz alta el rótulo que presidía la fachada del Centro: Colegio Nacional Suárez Somonte.

-          ¿Quién era ese señor, si puede saberse?
-          Un general de Aviación -contestó Nines-, y presidente del antiguo Atlético de Madrid.
-          ¡Ah, bueno! Siendo así…

     Y ambas rompieron a reír. La joven giró a la derecha, embocando una calle larga que terminaba junto a la Plaza. Hizo de guía:

-          Cenicientos tuvo tiempos más cultos. Hace muchos años, esta calle se llamaba de García Lorca[18].
-          ¡Ese sí que es un buen nombre para una escuela!, comentó Dolores.

     Buscando las escasas sombras de fachadas y árboles, alcanzaron la plaza del Ayuntamiento. La veterana novata -o viceversa- estuvo a punto de coger la bolsa de Nines y despedirla, para que pudiese tomar por la calle Real, como la había visto hacer la tarde anterior, pero lo pensó mejor y accedió a que hiciese de porteadora hasta el mismo vestíbulo del hostal. Se trataba de una encerrona:

-          Supongo que una niña tan amable no permitirá que una compañera visitante coma sola.
-          ¡Huy, no, Dolores! ¿No ves que tengo en la pensión la comida puesta? Pero si quieres venir tú allá conmigo…
-          ¿Con todo el bochorno? Ni se te ocurra. Estaremos en la gloria con este frescor. Además, me apetece charlar contigo, para que vayamos conociéndonos. Y si al paso me cuentas algo sobre los usos y costumbres del Colegio, pues mejor que mejor.

     Ángeles vacilaba. Su compañera insistió, empujándola con suavidad hacia el comedor, del que salía un olorcillo de carne a la brasa muy grato en aquellas horas.

-          En cualquier caso, Dolores, deja que, como buena anfitriona, sea yo quien corra con la invitación.
-          Ya hablaremos de eso a los postres. Y ahora, mientras te refrescas y tomas asiento, permíteme subir un momento a la habitación, que coja una rebeca. ¿Quieres que baje algo para ti?
-          Gracias, Dolores, estoy bien así.
     Dos Dolores tan seguidos resultaron demasiado. La aludida canturreó:
-          No me llames Dolores, llámame Lola[19]
-          Y tú a mí, Nines. Resulta mucho menos… celestial.

     Cuando, a los cinco minutos, reapareció Lola, no solo llevaba una rebeca malva, sino un libro en las manos. Tomó uno de los claveles del ornato floral de la mesa y lo colocó a guisa de marcapáginas.

-          Permíteme el obsequio, en recuerdo de este día… Está bastante ajado, pero es una primera edición y dedicado por la autora.

     Nines leyó la cubierta: Dolores Medio. Diario de una maestra. Abrió el libro, pasó la guarda y halló la dedicatoria general impresa:

     Para mis compañeros de Magisterio, soldados anónimos de la mejor guerra.

     Y, más abajo, manuscrito:

     Para Nines, que ya tiene nombre en mi corazón, de Lola. Cenicientos, 30-6-1975.

     Emocionada, Iba a levantarse para abrazar a la gentil donante, cuando la sorprendió un vozarrón a su espalda, que la enervó del susto:

-          ¿Las señoras tomarán vino?

     Dolores miró hacia la vitrina expositora. Una marca dominaba abrumadoramente:

-          ¡Corucho, desde luego! Dejo a su elección la cosecha.



2.      Comienzo de curso



     Uno de septiembre de 1975, lunes. Profesores y profesoras del Suárez Somonte van llegando al Colegio y se saludan cordialmente, intercambiando bromas y novedades. Luego, ellos se quedan en el piso bajo, mientras las maestras echan escaleras arriba. El Director de los niños comenta con un colega:

-          A ver si se dejan de cuentos y dilaciones e implantan de una vez la coeducación. No sabe usted la lata que da estar en el mismo edificio, con servicios y elementos comunes, y tener dos directores y dos claustros.
-          ¡Quite, por Dios, don Luis! ¡Menudos problemas, chicos y chicas juntos! ¡Y qué decir de las maestras, haciendo piña y buscándonos las vueltas! Por cierto, parece que hay alguna nueva.
-          Eso me ha dicho doña Berta. Creo que se trata de una depurada que ha vuelto a la escuela, después de hacer carrera como escritora.
-          ¡Pues ya son ganas de flagelarse las de la buena señora!

     Ante todo, Dolores, resoplando, suelta las dos bolsas de libros sobre la mesita auxiliar del despacho de Berta -lo de doña es cosa de don Luis, que se tiene muy tragado eso de que ellos son directores por oposición, no como los de la Reforma[20]-. Para desesperación de sus lumbares, la Directora le dice:

-          Mujer, no tenías que haberte molestado. Supongo que te vendrá bien conservarlos, por lo menos, hasta que lleguen los editados para este curso.

     Seguidamente, Lola pregunta por Nines. No sabe ella lo que la ha recordado todo el verano, peleando con fonemas, lexemas y morfemas, semiología y estructuralismo lingüístico, conectores y determinantes. Bueno, por eso y por lo que le apuntó en la comida vis a vis de final de curso, sobre su novio, tan superior y tan chupacirios. Le contestan:

-          Llegó un poco tarde y se ha metido en clase, para examinar a los pendientes de séptimo.

-          Nada, nada, las mismas mañas de los Institutos -se dice-: hasta con exámenes de septiembre. Pues lo que es yo, como no me pongan huevo sin hache y con be, no pienso suspender a nadie.

     Pregunta a la Directora:

-          ¿Me vas a necesitar esta mañana, Berta?
-          En absoluto. De hecho, no teniendo que examinar, puedes volverte a Madrid hasta pasado mañana, que tendremos claustro… Espera, ¡qué cabeza la mía! Tenemos que rellenar los documentos de tu reincorporación. Voy a llamar a la Secretaria.

     Redactan y firman un montón de papeles que, según le dicen, enviarán al Ministerio. Dolores, al concluir, bromea:

-          Con todo esto me pagarán a finales de este mes, ¿no?
-          Si les llega antes del día cinco…
-          Quita, quita -coge la documentación, súbitamente seria-. Los llevaré yo misma en mano mañana a la calle de Alcalá. Así podré dar las gracias al señor De Juan por su gentileza.

     Garabatea una nota, que deja en manos de Berta:

-          Por favor, entrégasela a Ángeles cuando acabe.

     Y marcha pasillo adelante, hablando para sí en voz baja -defecto de veteranos-:

-          Un viaje a lo bobo. Como si no costara esfuerzo y dinero. No me va a quedar más remedio que visitar San Esteban Protomártir, para hacer tiempo[21].

***

-          No me lo digan, Corucho Crianza, anticipa el metre, recordando la comida de junio.
-          Mejor traiga un reserva -rectifica Nines-, que hay que celebrar el comienzo de un buen curso.
-          Muy animada te veo, compañera, apostilla Dolores sonriendo.

     Se sirve el caldo de la tierra. La joven levanta la copa. Vamos a brindar, dice.

     Lola la imita y, tras unos segundos para el clímax, Nines formula por fin el deseo:

-          Porque, donde no halles amor, no te empeñes en quedarte.

     Su compañera no bebe y, con gesto serio, pregunta:

-          ¿Cómo? ¿No estás de acuerdo con San Juan de la Cruz?
-          Por supuesto que no, querida, y en cierto modo, gracias a ti.

     Dolores posa la copa en el mantel y se arrellana en el sillón de estilo castellano. Presiente que su interlocutora tiene bastante que contarle. Por si acaso, la anima:

-          Adelante. Veamos el lado oscuro de mi dedicatoria.
-          Voy con ello, amiga mía. Recordarás que, en nuestra comida de fin de curso, te tranquilicé acerca de mi obligado cambio de alumnos y te puse en antecedentes acerca de mi novio y su entonces inminente ingreso en las santas filas del Opus. Pues bien, tonta de mí, acepté la invitación que me había hecho de acudir a las solemnidades de la consagración de Torreciudad y de su ingreso en la Obra. No veas la sorpresa que se llevó, aunque esta no fue nada comparada con la mía.
-          Me estoy temiendo lo peor, comentó tópicamente Dolores, mientras Nines se tranquilizaba y tomaba aliento.
-          Di con él durante una meditación en el santuario, la tarde anterior. A regañadientes del sacerdote que la dirigía, se levantó, abandonó a los otros compañeros que iban a hacer los votos y salimos de la basílica a buen paso. Una vez fuera…, no sé si conoces el sitio.
-          Nunca he estado allí.
-          Bien, pues salimos a la gran explanada y, sin decirme ni palabra, me condujo hacia uno de los caminos que llevan a la cornisa sobre el embalse del Cinca. Es un sitio precioso, y más a la caída de la tarde, pero -no sé por qué- ¿sabes a qué me recordó?
-         
-          Pues a la carreterita rural del encuentro final de Irene y Máximo[22]. No sé; sería una premonición, porque lo miré a la cara y me puse en guardia. Supe al punto cómo iba a terminar aquel paseo.
-         
-          En fin, creo que he estropeado el suspense; de modo que abreviaré y voy a ser lo más objetiva posible. Vamos, una narradora fría y omnisciente.
-         
-          Resultó que, mientras nosotras comíamos juntas el pasado 30 de junio, don Florencio, el Consiliario, estaba en Madrid soltando una filípica de tomo y lomo a mi débil Anselmo, quien me aseguró que incluso la había acompañado de un bofetón, algo que dicen no es extraño en él, como sublimación del cachete cariñoso y reconfortante. Que si Dios vomitaba a los tibios; que si don Josemaría se había llevado al cielo la tristeza de no contar con él de modo pleno; que ponía su alma en peligro con una chica tan descreída y lanzada como yo -¡figúrate!-. Vamos que, o accedía a hacer voto de castidad y convertirse en numerario, o por esa puerta se va a la calle, dice que le dijo, haciendo incluso el gesto de echarlo de la salita.
-          Me figuro que eso será la santa intransigencia.
-          Más bien, la non sancta astucia, a juzgar por lo que vino a continuación.
-         
-          Ya estaba Selmo asiendo la manilla de la puerta, cuando don Florencio cambió de registro: Calma, hombre. Si de mí dependiera, te echaría sin más, pero el Padre y la Virgen me imponen que sea especialmente paciente y generoso contigo. Vuelve a sentarte y presta atención.
-         
-          Y aquí se incorporó Mefistófeles a la conversación o, por mejor decir, al monólogo. Le dijo que todavía estaba a tiempo de salvar su alma y, al propio tiempo, de prestar un gran servicio a sí mismo y a los chicos asturianos, que tan necesitados andan de guía moral y de ciencia.
-          ¡Toma castaña! A ver si tendría que haber vuelto yo a mi Piloñeta.
-          No te confundas, Dolores. Don Florencio se refería a otra clase de alumnos… Ante el éxito de su colegio femenino, han construido cerca de Oviedo otro masculino, que va a empezar sus actividades justamente ahora[23]. Pues bien, si Selmo aceptaba ingresar como numerario, le prometían el puesto de Vicedirector y Encargado de curso para primero de bachillerato y, por supuesto, plaza en una casa de la Obra, junto al Reconquista[24].
-          ¿Pero no tenía él ya trabajo en el Instituto de San Martín de Valdeiglesias?
-          Sí, pero no fijo, sino de interino. Selmo vale muchísimo, mas la dedicación al Opus no le ha permitido hasta ahora dedicarse seriamente a preparar las oposiciones.
-          Ya veo: la primogenitura, por un plato de lentejas.
-          En el fondo, eso es pero ¡no veas como lo disfrazó mi Esaú! La vocación de su vida, la redención de su alma… y mi propio bien, por supuesto. No sabes lo desgraciados que íbamos a ser, si pretendíamos construir nuestra unión sobre el rechazo a la llamada del Espíritu. Resulta que la mala sería yo, si me empeñaba en retenerlo o ponerle las cosas más difíciles de lo que lo estaban, por su debilidad e inexperiencia. ¡Figúrate! Tan listísimo y seis años mayor, pero era yo la pérfida, la taimada…

     Nines se enciende y la voz, tomada de tanto hablar, enronquece y se corta. Lola decide aliviarle, por conocido, el final de la historia. Con todo, hay algo que quiere aclarar. Deja pasar el tiempo preciso para que Nines acabe su vichyssoise y, tras un circunloquio, pregunta:

-          Creo entender que tu brindis tenía tanto contra San Juan de la Cruz, como contra la atrevida autora que puso su consejo al comienzo del Diario… ¿Tienes algún reproche que hacerme?

     La joven se exaltó:

-          ¡Qué va! ¡Justo todo lo contrario! No sabes el bien que me hizo haber leído tu libro, justo antes de… lo que iba a pasar. Me dio la experiencia que necesitaba para abordar aquella tensa situación; claro que aprovechando su fuerza a mi modo. Para empezar, fui yo al encuentro de Anselmo, a su propio terreno, para que se expresara con total claridad y no pudiese achacarme el haberlo dejado solo y desamparado ante la gran prueba de su corazón. Luego, cuando me vi en parecida tesitura que Irene, no tuve que hacerme de nuevas ni improvisar una imposible armonía entre su falta de voluntad y mis apasionados sentimientos. Y, finalmente y por encima de todo, comprendí que la vida no acababa en las orillas escarpadas del Cinca, como tampoco había concluido en los acantilados sobre el Cantábrico. El Diario de Irene terminaba ahí, pero yo sabía bien cuál había sido su sino y su ventura posteriores. Solo tenía -si pudiese- que superar esa inmovilidad, esa muerte en vida, que la había atenazado a ella, tanto o más que a Máximo. ¿O qué crees, Dolores? Máximo Sáenz ha muerto en el 37…, pero Irene también murió, un poco o un mucho. ¿Cuánto, Dolores -dímelo tú que lo sabes-, cuánto murió por empeñarse en poner amor donde no lo había, por seguir soñando en Asturias aunque escapase a Madrid? Anda, dímelo, repite mirándome a los ojos la cantinela santurrona del Poeta a lo divino… No te atreves, ¿verdad? Pues entonces súmate a mi brindis, amiga mía, mi mentora, mi energía.

     Dolores parece una estatua. Su mano derecha, apenas a un palmo de la copa, engarfia los dedos y se separa del mantel, buscando el pie de vidrio, que riela, insinuante. Trabajo inútil; es incapaz de alcanzarlo. Busca una salida:

-          No sé… hace tanto tiempo… Quizá no aludiera a los amores no correspondidos. Tal vez me refería a la escuela. ¡Sí, sí, eso!, a nuestros niños. ¿No recuerdas la dedicatoria, para mis compañeros de Magisterio?
-          Claro que me acuerdo, Lola querida. Como tampoco olvido que la soldado Nines Honrubia ya tiene nombre en tu corazón.          






[1]  Dolores Medio Estrada (1911-1996), nacida y fallecida en Oviedo. Ejerció como maestra rural en Asturias entre 1931 y 1945, en que se trasladó a Madrid, para dedicarse en plenitud al periodismo y la literatura. Obtuvo el Premio Nadal del año 1952 con su novela Nosotros, los Rivero. El 1961 publicó su obra, Diario de una maestra, constantemente aludida en este relato. Entre 1975 y 1978, volvió a ejercer como maestra en la villa madrileña de Cenicientos, jubilándose seguidamente.
[2] Don Antonio de Juan, Director General de Personal del Ministerio de Educación y Ciencia en 1975. Las alusiones al mismo en el cuento son totalmente imaginarias y sin ninguna malicia.
[3] La historia va a hacer frecuentes, significativas y poco piadosas referencias al Opus Dei, Prelatura Personal e institución de vida espiritual existente dentro de la Iglesia católica, muy influyente en la España de la época, y fundada -al parecer- en 1928. Aquí se alude a su creador, el sacerdote José María Escrivá de Balaguer (1902-1975), canonizado en 2002. Mi relato no recoge sino hechos y opiniones muy generalizados, dentro de la libertad de los creadores literarios y de los hijos de Dios. Josemaría Escrivá falleció en Roma, el 26 de junio de 1975.
[4] Florencio Sánchez Bella (1925-2008), Consiliario del Opus Dei en España entre 1960 y 1984.
[5] Magno santuario erigido por el Opus Dei, sobre otro mucho más pequeño y humilde, dedicado a la Virgen en Secastilla (Huesca), en un altozano sobre la presa de El Grado (río Cinca). El origen de la devoción especial del Opus Dei es el presunto milagro de la Virgen de ese santuario, haciendo que recobrara la salud su Fundador, cuando tenía unos dos años de edad. La consagración del actual Santuario se verificó el 7 de julio de 1975.
[6] Educación General Básica, periodo formativo previsto en la reforma educativa operada por la Ley General de Educación de 1970. Comprendía ocho cursos, divididos en tres ciclos y dos etapas. En los cinco primeros, existía profesor único. Los tres últimos se impartían por asignaturas. La E.G.B. se cursaba entre los 6 y los 13 años de edad, por término medio.
[7]  Institución Libre de Enseñanza (1876-1936), cuyas orientaciones pedagógicas presidieron la actividad docente de Dolores Medio en su primera etapa como maestra.
[8] Cruz Martínez Esteruelas (1932-2000), Ministro de Educación y Ciencia entre enero de 1974 y diciembre de 1975.
[9] Organización Nacional de Ciegos Españoles (1938), magna institución dedicada a afrontar la problemática de los invidentes. Teresa Medio, hermana de Dolores, ejerció funciones de maestra para ciegos dentro de dicha Organización.
[10] Apellido de un párroco de Nava (Asturias) que se las tuvo tiesas con la maestra Dolores Medio Estrada, titular de la escuela de Piloñeta, del citado concejo.
[11] Dentro de la estúpida manía de alterar el nombre, bello y tradicional, de las cosas, la Reforma educativa española de 1970 reemplazó el título de maestra por el de profesora, hasta entonces propio de los docentes de Enseñanza Media y Universitaria. Posteriormente se ha rectificado tal modificación.
[12] Alusión al estribillo de una canción del año 1975, que fue número 1 en España durante varias semanas.
[13]  Templo de Madrid, situado en la calle de San Justo, confiado por la Nunciatura Apostólica al cuidado del Opus Dei, desde 1960.
[14] Alfredo Sánchez Bella (1916-1999), Ministro de Información y Turismo (1969-1973) y, en efecto, hermano de don Florencio, el Consiliario en España del Opus Dei. Recuérdese la nota 4.
[15] Pravia es una notable villa asturiana -como es bien sabido- en la que parece ser que Dolores Medio encontró al gran amor de su vida, transmutado en el Máximo Sáenz del Diario de una maestra.
[16]  Aldea del concejo de Nava donde, con algunos intervalos por sanción política, Dolores Medio ejerció de maestra titular entre 1937 y 1945. En este último año, debidamente autorizada, colocó en el puesto a una maestra sustituta -supongo que pagada por ella- y marchó a Madrid, pero no pasó a excedente hasta el año de 1953.
[17]  Severo Ochoa de Albornoz (1905-1993), Premio Nobel de Medicina y Fisiología de 1959.
[18]  Federico García Lorca (1898-1936), excelente poeta y dramaturgo, muy entusiasta de la educación en las más variadas formas y métodos. Actualmente, ese ha vuelto a ser el nombre de tal calle.
[19]que ese nombre en tus labios sabe a amapola. Es el estribillo de una canción que popularizó inicialmente Concha Piquer (1906-1990).
[20]  Hasta la reforma educativa de 1970, los Directores de Grupos Escolares eran maestros que superaban la oportuna oposición y ocupaban el puesto con carácter permanente. A partir de dicha reforma, se seleccionaron por concurso de méritos entre los maestros destinados en el Colegio Nacional (luego, Colegio Público), siendo su nombramiento temporal (actualmente, por cuatro años).
[21]  Advocación de la iglesia parroquial de Cenicientos, construida a partir de finales del siglo XV.
[22]  Alusión a un episodio esencial del Diario de una maestra, fechado en el libro a 4 de mayo de 1950.
[23]  Se trataba del colegio Los Robles, que esta es la fecha (2017) que sigue impartiendo enseñanza sólo para niños y adolescentes de sexo masculino. Inicialmente privado, actualmente funciona en lo económico como de enseñanza concertada.
[24]  Hotel de lujo, en Oviedo, que abrió sus puertas en 1972. Está instalado en el edificio barroco del antiguo Hospicio y Hospital Real del Principado (de Asturias), concluido hacia 1770.