viernes, 8 de diciembre de 2017

ATENEA Y AFRODITA

Atenea y Afrodita

Por Federico Bello Landrove

In memoriam Hipólito Rafael Romero Flores (1895-1956)


     Dicen que el amor y la cultura todo lo pueden. Es de suponer que, si caminan juntos, mejor que mejor. ¿De verdad? A ver qué nos cuentan los protagonistas de esta historia, que bien pudo ser cierta, a juzgar por lo detallado y verosímil del relato, tal y como lo oí de labios de una familiar próxima de aquellos. Tan preciso y documentado era, que me he permitido disimular los nombres de casi todos los intervinientes, para que no se ofenda nadie, que 1947 no está tan lejos en la memoria y la susceptibilidad de algunos.




1.      Un policía novel


     Apenas llegado a mi primer destino, en la Comisaría de Mantuana, el Jefe me llamó a su despacho y, con mucha reserva, me dijo:

-          De la Jefatura Superior de Castellar me piden un inspector muy joven, que sea desconocido en aquella ciudad; un funcionario que sea estudioso y de fiar. Creo que es usted la persona indicada. Tiene que incorporarse cuanto antes a su nuevo destino. Preséntese allá al comisario Benítez y él le pondrá al tanto de la operación.

-          Perdone, comisario, ¿se trata de un traslado forzoso o de una mera comisión de servicio?

-          Según lo veo yo, se le mantendrá aquí la plaza. Lo que no puedo decirle es el tiempo que tenga que estar desplazado, ni si van a consignarle dietas.

     Así que aquí me tienen, convertido en la cuadratura del círculo: muy joven pero muy prudente; estudioso y activo, a la vez; desconocido en la ciudad pero al tanto de lo que se cuece en ella. Digo esto, claro, después de presentarme a Benítez y recibir el encarguito que me tenían preparado. Más o menos, nuestra conversación se desarrolló así:

-          Por lo que consta en tu expediente, veo que has ingresado por oposición y, por tanto, que tienes el título de bachiller.

-          Efectivamente.

-          Y que eres el policía más joven de la promoción que acaba de salir de la Escuela General.

-          Entre los de la Escala de ejecución había uno dos meses menor que yo. Lo destinaron a Algeciras.

-          Eso queda demasiado lejos. Además, tienes una pinta de chiquillo que no veas. En fin, sacaste el número 3 y traes buenos informes de la Academia y del Jefe de Mantuana; así que habrá que confiar en ti. ¿Sabes lo que es la J.O.C.[1]?

-          ¿Los obreros cristianos? Algo oí sobre ellos en mi Barcelona natal.

-          ¡Hombre, me alegro de que no te pille de nuevas, para empezar! Aquí en Castellar son una plaga, y están en el meollo de lo que queremos que nos ayudes a desentrañar.

     Benítez se explicó algo atropelladamente, de modo que salí de su despacho sin tener las ideas muy claras. Procuraré, por tanto, mejorar la claridad de su exposición, respetando la esencia de la misma:

-          No sé el porqué, pero el hecho es que en esta ciudad, que no es muy industrial, los jocistas llevan unos quince años dando guerra, como si dijéramos. Actualmente, los calculamos en unos tres mil, entre hombres y mujeres. Así que figúrate como les dé por salirse de rezar el rosario y jugar a las damas… Los de Sindicatos están que trinan, pues temen que les hagan la competencia.

-          Perdone que le dé mi opinión, comisario: Mientras no se trate más que de hipótesis y de piquillas…

-          No es tan sencillo, inspector Duplá. A veces tenemos que ir por delante de los acontecimientos, o tomar algunas medidas para contentar a las autoridades. Pero no es eso todo. Se trata de que la JOC tiene un Centro Social, por así decir, en pleno centro de Castellar, junto al Gran Teatro. Es un palacete que compraron a sus propietarios hace bastantes años, un caserón enorme y bastante destartalado, que han acondicionado modestamente para lo que les interesa: dar clases y conferencias, y distraerse jugando al tute o al pimpón.

-          Entiendo. ¿Es que se exceden en el legítimo desarrollo de esas actividades?

-          Hasta ahora, no. El problema es, más bien, todo lo contrario. Como los obreros trabajan casi todo el día, les sobra la mayor parte de su casona hasta la tarde y, en consecuencia, les dio por alquilar las instalaciones durante las mañanas a una academia privada. Así, todos contentos: los jocistas cobran una renta que les permite reparar el caserón y los académicos tienen aulas y mobiliario que, de otro modo, no podrían costearse.

-          Ya veo -repuse, aunque no viera nada-. ¿Tal vez ese alquiler es ilegal? ¿Es que la academia no tiene todos los permisos?

-          No es eso, no es eso -replicó Benítez con impaciencia-. Pasa que -¿cómo te lo diría corto y claro?-… los profesores de la Academia Atenea son todos unos rojos de tomo y lomo, expulsados de sus cátedras y algunos hasta condenados durante la Guerra.

-          ¡Atiza! ¿Y cómo les dejan dar clase?

     El comisario se encogió de hombros.

-          Según las normas vigentes, se necesita un permiso del Rector que, por supuesto, tienen. Desde luego, no pueden fundar un verdadero colegio, con facultad de impartir titulaciones pero, en lo referente a dar clases particulares de lengua o de matemáticas, mientras no se metan en política…

-          Ya. También hay que dejar que se ganen el pan.

-          No es tan sencillo -machacó Benítez-. Hay gente importante a la que no le parece bien que esos izquierdistas se junten, funden una academia y se dediquen a enseñar a los chavales.

-          Entiendo pero, por muy joven que yo sea, o parezca, no creo que pueda mezclarme con alumnos de bachiller para ver si, entre silogismos y ecuaciones, meten de matute algo de Marx.

-          Es que no es para eso, por lo que te hemos traído de Mantuana -contestó el comisario con aire tan gélido, que me quitó las ganas de seguir bromeando-. Hay algo más, que se ha producido en los últimos meses y es para lo que se necesita un policía joven y con bachillerato.

-          Pues usted dirá.

-          Es la leche. Los de la academia terminan sus clases a las dos. Los jocistas empiezan sus actividades a las siete. ¿Qué te parece? ¿Cómo iban a desaprovechar unas horas? Pues nada, a buscarse otros inquilinos de tres a siete. Y, como lo que mejor puede aprovecharse son las aulas, pues ¡venga otra academia! Esta se llama Estudios Castilla.

-          No es que sean muy originales. ¿Se trata también de profesores sancionados?

-          Solo algunos; otros -listo que es el director- son de las mejores familias: un hijo del Rector, otro del Gobernador Militar… Pero el que ha montado la academia lo es de un catedrático que, tras librarse de una condena a muerte, está desterrado en Peñatajada, dando clases, para variar, ¡y en colegios de curas!

-          ¡Válgame el cielo! Claro que la caridad cristiana no se fija en detalles.

-          A lo que voy -prosiguió Benítez, sin reparar en mi jocosidad-. No hace falta remontarse al padre. Sus hijos también han tenido que ver con nosotros y, más aún, el tal Ataúlfo pasó unos meses en la cárcel por dedicarse a recordar por las paredes el 14 de Abril[2]. Como no puede ejercer de abogado, se ha metido a empresario, y no le va nada mal por cierto; así que…

-          … Le han salido los envidiosos de turno. Es que hay gente que no soporta el éxito ajeno.

-          Ya lo vas entendiendo, y tanto más si los triunfadores de hogaño son los derrotados de antaño. Pero dejémonos de política. Es ahí donde te vas a matricular, como si pretendieses seguir la carrera de Comercio. Los alumnos son todos talluditos, pues están preparando Comercio o peritos industriales. Te harás pasar por uno de tantos. Hablarás con unos y con otros y, una vez hagas amistades, averiguarás cuanto puedas de la Castilla, la Atenea y de los jocistas. Y nadie debe imaginar que eres policía. Solo lo sabremos yo y Volusiano.

-          ¿Volusiano?

-          ¡Sí, hombre! Es el personaje fundamental de esta operación -dijo con una sonrisa de oreja a oreja-. Se trata de un guardia civil retirado, que hace las veces de portero del Centro y de ordenanza de las academias instaladas en él. Con su mostacho y sus maneras, los chavales lo temen más que a los profesores. Te servirá de informador y te franqueará el acceso a cualquier instalación o archivo que necesites.

-          Una pregunta, señor Benítez, y perdone si molesto.

-          Di.

-          Si Volusiano es el alma de esta empresa y tiene acceso a todos los datos, ¿qué pinta en el fregado este joven e inexperto inspector de Policía de segunda?

     El comisario simuló quedar muy sorprendido con mi pregunta. Luego inquirió a su vez:

-          No pretenderás que la Guardia Civil se quede con el mérito… Además, el Volo no pasó de cabo. Es de suponer que tú redactes mucho mejor los informes, que yo firmaré para presentarlos al Jefe Superior.

     Aquel servicio estaba llamado a enseñarme muchas cosas, dentro y fuera del viejo caserón de la calle Leonardo Moreno.




2.      Nadando en aguas turbias


     No sé si fue en aquel año o en el siguiente, cuando el rostro atormentado de mi admirada Merle Oberon[3] parecía pedir ayuda desde las carteleras del Gran Teatro. Lo traigo a colación porque el título de la película -si no recuerdo mal- era Aguas turbias[4], que habría cuadrado perfectamente a la serie de informes que presentaba semanalmente al comisario Benítez. Unos dirán que fue consecuencia de que Alemania perdiera su guerra; otros, de que la nuestra empezaba a quedar atrás. Lo cierto es que algo empezaba a moverse en aquella época, aunque fuera muchas veces a embates de la envidia y la emulación. Los jocistas abrían centros en los barrios e influían en las escuelas de aprendices, como la tan importante de la RENFE[5]. Los indultos vaciaban las cárceles. Los consejos de guerra -como el de Ataúlfo del Águila, el director de Estudios Castilla- empezaban a contar sus condenas en meses, o en lo que yo -mal acostumbrado- consideraba un número de años razonable. Ciertos catedráticos se atrevían a levantar la voz en defensa de compañeros perseguidos y, entre las propias autoridades, no eran pocos los ejemplos de discordancia, a la hora de abordar los primeros síntomas de discrepancia o de autonomía.

     Ahora razono así pero, metido en aquel berenjenal de 1947, sudaba tinta preparando los informes en que, tras verter lo más granado de mis experiencias y de los datos documentados que me entregaba Volo, intentaba resumir todo en unas conclusiones. Curiosamente, el comisario reaccionaba justo al revés de lo que yo esperaba. La semana en que le llevaba un texto anodino, poco más que un sin novedad digna de mención, sonreía con alivio y me reconfortaba:

-          Tranquilo, Duplá. Si no pasa nada, no vamos a inventárnoslo. Tú ten los ojos y los oídos bien abiertos y no pases nada por alto. Por cierto, ¿qué tal te va con la contabilidad y las matemáticas financieras?

-          De pena. Nunca se me dieron bien y, a estas alturas, ya he olvidado mucho de lo que estudié en el Instituto.

-          Bueno, para eso vas a la Academia, ¿no? En tu trabajo vale más que no te crean muy listo.

     Por el contrario, si creía haber descubierto algo interesante y me presentaba ante él un poco eufórico, Benítez me desinflaba:

-          ¿Estás seguro de esto? Compruébalo más a fondo, no nos vayamos a tirar un planchazo.

     O bien:

-          Sí, sí, ya estoy al corriente. ¿No tienes nada mejor que contarme?

     En vísperas de vacaciones de Navidad, fue la repanocha. En mi opinión, había hecho el descubrimiento del año: dar con el ángel malo de las academias, el rey de la envidia, el motor escondido de los bulos y protestas, el flamígero guardián de las esencias universitarias franquistas. Se llamaba don Gedeón Montaña y era catedrático y alto cargo -dejémoslo así- del alma mater[6] castellarense. Al escuchar ese nombre, Benítez saltó:

-          ¡Valiente sorpresa! El tal Montaña es todo un falangistón, encomienda del Yugo y las Flechas y con más peligro que un miura. Claro que lo ha mamado: su padre era contratista de mulillas en la plaza de toros. En fin, que no es nada nuevo lo que me cuentas. Por cierto, ¿te dio tiempo de jugar en Mantuana al poli bueno y al poli malo?

-          ¿Por qué me lo pregunta, comisario?

-          Pues porque ese es el juego de la Universidad en estos asuntos. El Rector es el buen chico y su ayudante Gedeón, el malo. Pero, a fin de cuentas, ¿quién lo ha nombrado para el cargo que tiene? ¿Y quién le dio la medalla de oro de la Universidad al gobernador civil que se marchó hace unos meses?

-          Bueno, también concedió licencia para las academias, según usted me dijo.

-          ¡Velay!, sentenció; y, cuando Benítez decía velay, la controversia se daba por concluida.

***

     Estudios Castilla pronto se me quedaron pequeños, o eso pretendía yo, harto de la contabilidad de costos y de las sociedades tontinas. La mayoría de los profesores eran chicos jóvenes, que habían de cumplir una o dos de estas condiciones: ser familiares o amigos íntimos del director, o bien, hijos de alguien importante, que pudiera escudar a su vástago de cualquier peligro u ominosa veleidad. Cierto que había algunas lumbreras y no pocos activistas en potencia, pero aquello era el reino del caduceo, no de la hoz y el martillo. Los alumnos, en su mayoría de enseñanza libre en la Escuela de Comercio, eran gente seria y poco inclinada a perder el tiempo con monsergas políticas.

     Mi comisario, cuando se lo dije, vio los cielos abiertos:

-          Precisamente yo iba a proponerte lo mismo. Estoy convencido de que el tal Ataúlfo y sus comparsas son una panda de vividores sin importancia, que solo van tras el dinero y la buena vida. Anda, hazme un informe final, detallando la personalidad de los principales y despídete muy cortésmente, dando una disculpa razonable sobre tu marcha. A ver cómo conseguimos que metas la cabeza en la Academia Atenea; así mataremos dos pájaros de un tiro.

     Debió verme boquiabierto, porque se dignó explicarme detalladamente tan peregrina extensión de mis actividades, en la que ya me veía vistiendo pantalón corto y cubriendo el rostro con pasamontañas, como los chavalillos en invierno.

-          Tu amigo Gedeón no hace más que dar la lata con los profesores represaliados y está llevándose al huerto al falangismo de la ciudad y a los chicos del S.E.U.[7]; todo porque un catedrático expulsado viene dando con gran éxito clases particulares de Derecho y preparando a opositores, a pocos metros de la Universidad. Como lo hace en un pisito compartido con un abogado de fama y con muy mal genio, no se atreven a cerrar directamente el estaribel; de modo que andan diciendo que es una deshonra para la Facultad y un perjuicio para los competidores de derechas.

-          Así que ahora me toca pasar por alumno libre de Derecho y apuntarme a las clases de deshonra para la Facultad. Bueno; lo prefiero a las matemáticas.

-          No, hombre. He dicho que se trataba de matar dos pájaros de un tiro. El profesor Cantero también da clase en la Atenea, de alemán.

-          ¡Cielos, alemán! Y ahora que han perdido la guerra…

-          Anda, deja de quejarte, que peor estarías en Mantuana pateando las calles y repartiendo bofetadas. Cantero será tu caballo de Troya.

-          No deja de ser coherente. Decían que el famoso caballo era una ofrenda para Atenea.

     Benítez me miró de hito en hito. No había cogido mi rasgo de erudición, lo que le molestó:

-          Te doy otro trimestre para que me peines la Atenea, y el Centro de la J.O.C. por añadidura. Y, como me cabrees, te meto a costalero de Jesús Despojado.

     Quiere decirse que me despedí de Estudios Castilla, de la forma que me pareció más sincera y simple. Aquilino, el mejor de los profesores, comprendió:

-          Comercio es bastante duro y árido para quien no gusta de los números ni tiene experiencia práctica en los negocios. ¿Cómo se te ocurrió elegir esta carrera?

-          Velay.

     A la salida, me estaba esperando Volo.

-          ¿Pasa algo?

-          Nada, que dejo la sesión de tarde y paso a ocuparme de Atenea. Todavía no sé cómo voy a arreglármelas.

-          Son buena gente, sobre todo, don Rafael.

     Afuera, en la calle, había caído la noche y hacía un frío de chupa rescoldo. En la sala de fiestas de enfrente, llamada Bolero, entraban un par de músicos de la orquestina, llevando sendos instrumentos, pertinentemente estuchados. Sonreí al imaginar lo bien que estaría yo tan bien protegido del gélido relente. A través de las ventanas de la planta baja, me llegaban los golpes secos de las bolas de billar y las pelotas de pimpón de los chicos de la J.O.C. Tomé calle arriba, hacia mi pensión, en la Costanilla. Jueves, sopa de pescado y tortilla de patata con ensalada. Ensalada, ¿cómo demonios se dirá ensalada en alemán?




3.      La buena gente


     La Academia Atenea era, como afirmaba Volo, un nido de rojos. De su grupo de profesores -ahora recuerdo a cinco o seis-, no había ninguno que no hubiera pasado por la cárcel o, cuando menos, no le hubiesen echado del escalafón por motivos políticos. Claro está que la definición de rojo era para aquel bigotudo guardia civil tan amplia, como la de rebelde para los consejos de guerra de la época, muy en la línea de una de las frases menos afortunadas del Evangelio -que Dios me perdone-: el que no está conmigo está contra mí. De cualquier modo, aquellos maestros eran un lujo casi obsceno para las academias privadas y los colegios religiosos de entonces. ¡Qué bien nos habrían venido en las escuelas y liceos públicos, a los que acudía la gente humilde!, como yo en Barcelona, sin ir más lejos. Y no quiero decir con eso que nuestros catedráticos y ayudantes fuesen todos unas acémilas, fascistas y brutales. Mi condiscípulo Rodríguez Méndez[8] algo ha escrito sobre ello y a su testimonio me atengo. Y vuelvo a la academia de Castellar, que estoy perdiendo el norte.

     Atenea era gobernada al alimón por dos profesores que me parecían un remedo del poli bueno y el poli malo, el juego del que hablaba Benítez. El bueno era don Rafael Tomillo Frutos, director nominal de la academia, ex catedrático de Filosofía, y de los mejores -según se rumoreaba-. Había pasado un buen número de años en la cárcel, de donde había salido delicado de salud, con mal en los huesos, como lo diagnosticaba Volo. Luego me he enterado de que la enfermedad era de los nervios, según juicio clínico, mucho más experto, del doctor Marañón[9]. El malo -¡pobre hombre!-era don Francisco Madruga Cantalpino, que había sido catedrático de Lengua y Literatura en Ribera de Bañuelos y también tenía libros escritos sobre su asignatura. Todo lo acogedor y cordial que resultaba don Rafael (casi nadie le apeaba el tratamiento), parecía frío y distante su colega, a quien los discípulos apodaban Asdrúbal, por razones que ni un policía fue capaz de descubrir.

     Gracias a Volo, había tenido acceso subrepticio a la documentación de la academia, con todo lo referente a alumnado, matrícula y mensualidades, gastos y nóminas del personal. A tenor de todo ello, resultaba evidente que Atenea no era lo que se dice un buen negocio, ni negocio a secas. El cabo retirado, que percibía mensualmente doscientas pesetas por sus servicios como ordenanza, ya me lo había adelantado:

-          Si fuera como la Castilla, que la J.O.C. no le cobra alquiler, les podrían ir mejor las cosas; pero entre la renta, gastos, impuestos, sueldos y lo que se retrasan los chicos en pagar, hay meses que pasan apuros.

-          ¿Cuánto gana el director?, pregunté para hacerme una idea de la economía académica.

-          Madruga y él no tienen sueldo fijo. Van, por así decirlo, a beneficios. Pero, para que te hagas una idea, don Rafael tiene que trasladarse dos tardes a la semana a una academia de Mota de Santolín, para salir adelante.

-          Tendrían que dejarse llevar por Ataúlfo. Ese sí que es un lince para las cosas del dinero.

-          Estos señores son de otro estilo y otra época -me replicó muy en sus puntos-. Es una lástima que piensen como piensan.

-          A eso voy, Volusiano, a eso voy. A ver qué se nos ocurre para entrarles sin que sospechen y poder hacer yo el informe que me están exigiendo.

***

     Aunque me esté mal decirlo, fue Volo quien, finalmente, dio con la llave maestra de la operación, aunque fuera un simple cabo retirado. A mayores, se proporcionó unas semanas de vacaciones cobrando el sueldo íntegro.

-          Don Rafael -le dijo al director-, que me han llamado del pueblo. Mi madre está con pulmonía y tenemos que ir a cuidarla.

-          ¡Qué contrariedad, Volusiano! Ya sabes lo necesario que eres aquí pero, en fin, la familia es lo primero.

-          No les voy a dejar sin recambio. Aquí mi amigo, Felipe, se ha prestado a sustituirme. Conoce bien el edificio, porque ha estudiado unos meses en la Castilla. Es de toda confianza.

-          Tanto gusto, me dijo el señor Tomillo. ¿Es usted también de la familia?

-          No señor, pero como si lo fuese. Volo ha sido un padre para mí.

     No era malo el cuento que nos habíamos inventado, sobre la base de que yo era de muy lejos y el guardia había tenido más destinos que el general Prim. El esquema argumental era que, al entrar los nacionales en Barcelona, mi padre había sido encarcelado, dejando a mujer e hijos en la indigencia. Volo, cabo en el puesto de San Baudilio de Llobregat, casado con una mujer del mismo pueblo que mi madre, nos había echado una mano y yo había podido hacer el bachiller con su ayuda y una beca por buenas notas.

-          ¿Y qué ha sido de su padre?, preguntó con interés don Rafael.

-          Lo indultaron hace dos años y ha podido emplearse de mancebo en una botica.

-          Ha tenido suerte, comentó el profesor. Podrá ganarse la vida dignamente. Pero, ¿y usted? ¿A qué se dedica en esta ciudad, tan lejos de su Barcelona natal?

     Volo terció de una forma, que me produjo bastante vergüenza:

-          Ya sabe, don Rafael…, la juventud…, la falta de trabajo… El caso es que, aunque es un chico majo, se ha vuelto un poco tarambana. Su padre nos lo ha mandado aquí, a ver si lo pongo a hilo y hacemos carrera de él. Pero ya ve, tan pronto le da por preparar Comercio, como ahora dice que quiere ser policía.

-          La guerra y sus trágicas consecuencias nos han descolocado un poco, o un mucho, a los mayores. ¡Qué tiene de particular que los muchachos estén desorientados! En fin, joven, aquí solo tenemos alumnos de Segunda Enseñanza pero, si podemos ayudarle refrescando conocimientos u orientarlo con los libros de texto, no tiene más que decírnoslo. Basta que sea amigo de Volusiano, que es toda una institución.

     Desbrozado el camino, Volo me mostró las instalaciones con detalle e hizo mi presentación a los profesores presentes en aquel momento. Seguidamente, me entregó las llaves y, con un guiño de ojos, se despidió hasta dentro de tres o cuatro semanas.

-          Y ya sabes -me dijo-, si tienes verdadera necesidad de preguntarme algo, llama a la centralita de San Pedro de Maslejos y que me pasen el aviso; aunque mejor que no tengas que llamar, porque funciona fatal. Para cualquier cosa urgente, te entiendes con Benita, la limpiadora, que viene al cerrar la J.O.C., o de madrugada. Y, para cosas de trámite o recados, te echará una mano Charo, la de la oficina, que es un encanto. Hoy no podía venir, pero ya la he puesto en antecedentes de la sustitución y le he dicho que tenga mucho cuidado contigo.

     Me estrechó la mano, al tiempo que me propinaba un confianzudo pescozón. Susurrando, me aleccionó:

-          Los profesores son buena gente: no te propases con ellos en el informe. No me gustaría que, por mi culpa… Los arrapiezos, en cambio, son de cuidado. Mantén el orden como te han enseñado en la Academia de Policía y, si te traes la porra de casa, te será muy útil.

     Se alejó riéndose. Todavía no sé si disfrutaba más pensando en las vacaciones agenciadas a mi costa o en el tolete que acababa de encajar a todo un policía secreta, aunque fuese de la Escala de ejecución.

***
     Al comisario Benítez el plan le pareció de perlas, aunque aprovechó para meterme prisa:

-          Habla con unos y con otros y sonsácalos cuanto puedas. Ten los oídos bien abiertos para escuchar lo que explican en las clases y hablan entre ellos. Aprovecha la oportunidad para colarte en la J.O.C., ahora que eres todo un obrero. Pero ya sabes el límite: hasta Semana Santa; y que conste que este año cae muy pronto.

-          ¿No me darán unos días de permiso, al terminar? Me he pasado los días festivos de Navidad zambullido en los archivos de las academias, por lo que no he podido ir a ver a mis padres.

-          Tienes dos meses para hacer tu trabajo. Termínalo antes a mi satisfacción y tendrás una semana para lo que quieras.




4.      Los informes del inspector Duplá


     Ser chico para todo tiene, entre otras ventajas, la de enterarse de muchísimas cosas, casi sin querer. No digamos, si el chico está interesado en la información y tiene cara de bueno, de inocente, incluso. En el mes que, finalmente, acordé con Volo para que se dedicara a cuidar de su madre en Maslejos, me puse al corriente de cuanto quería y hasta de las cosas más intranscendentes para mí, desde las desavenencias matrimoniales de la limpiadora Benita, hasta los denodados esfuerzos de don Rafael por librarse del vicio de fumar. De dos a tres, mientras comía de fiambrera, anotaba en una libreta cuanto había captado sobre la vida y milagros de la Atenea. Como en Estudios Castilla ni para tomar un café me daban tiempo, sus cosas cotidianas las pasaba directamente a máquina en la pensión, después de cenar, en la veterana Olivetti[10] que me habían facilitado en la comisaría. A las siete y cuarto en punto, hacía mi aparición en la J.O.C.: Los días impares, charlas de espiritualidad o clases de cultura general; martes y jueves, temas laborales y redacción del periódico mensual, que luego tiraban en unos talleres gráficos del barrio de los Encantos; el sábado, partidas de ajedrez y damas, en las que solían darme unas palizas de campeonato. Los domingos, trataron de cazarme para oír misa en San Juan o con la cofradía del Santo Cristo del Despojo -la misma de la que Benítez me amenazaba con meterme a costalero-, pero yo tenía otras prioridades:

-          Anímate, Felipe -me decían-. Somos la única hermandad que procesiona a cara descubierta, para que vean que los obreros no nos avergonzamos de ser católicos.

-          ¡Hombre, después de la Guerra, no creo que se necesite mucha valentía!

     Me miraron con cara de pocos amigos, pero no me insistieron más.

***

     Guardo copia de los informes más interesantes que hice llegar a Benítez en aquellos primeros meses de 1948. Aunque aprovechaba mucho el papel carbón y los textos son ya difícilmente legibles, les haré seguidamente unos extractos, para abreviar.

     Sobre Estudios Castilla, escribía:

-          Esta Academia tiene gran éxito entre el numeroso alumnado que en Castellar sigue por enseñanza libre los estudios de Comercio, en todos sus niveles. Ello se debe a muy diversos aciertos logrados por su joven director, Ataúlfo del Águila, licenciado universitario en Filosofía y Letras y en Derecho, así como maestro nacional. Entre ellos, pueden citarse: 1º. El apoyo directo e indirecto que viene recibiendo de diversos profesores de la Escuela de Comercio de esta ciudad, en particular del catedrático, don Filodemo Puente, conseguido, tanto por la calidad del profesorado de la academia, como por afinidad ideológica con su director. 2º. La selecta elección de algunos profesores, entre los que destaca el intendente mercantil, señor Menéndez, varios de los cuales tienen vínculos muy directos con altas Autoridades de Castellar, cosa que protege en principio a los Estudios de la inquina o la crítica. 3º. La amistad y buena situación económica de su joven grupo de profesores, dispuestos a cobrar solo en función de los beneficios que dé la Academia, la cual no tiene que desembolsar renta alguna por el uso de los locales y del mobiliario.

He de hacer constar que, aunque su director y los profesores, hermanos Menéndez, son desafectos al Régimen, habiendo sido aquel y uno de estos condenados en consejo de guerra, en su academia no realizan ninguna labor de proselitismo o conspiración, dedicándose exclusivamente a enseñar y ganar dinero.

     Y, en otro informe, posterior al anterior, recogía una primicia, que mereció el encomio del mismísimo Benítez:

-          Los evidentes progresos económicos de Estudios Castilla y el constante aumento de la matrícula de alumnos parecen haber determinado a su director a iniciar una segunda etapa, de más altos vuelos, para la que está en vías de alquilar todo el piso ático del llamado Edificio Singer[11], en la calle San Diego de esta ciudad, así como de adquirir el mobiliario y material de oficina preciso para amueblar las dependencias (aún se halla en periodo de precontratación, buscando los precios y condiciones más ventajosos). El valor total de la operación podría ascender a unas quince mil pesetas, que el señor del Águila dice haber recibido en préstamo sin intereses del padre de uno de sus amigos, también profesor de la misma Academia, el señor Asenjo.

Si la operación prevista llega a buen fin, es de suponer que Estudios Castilla amplíe su oferta de preparación de clases y para oposiciones. Entre las expectativas que el Sr. Del Águila ha comunicado a los suyos está la de centrarse intensamente en la preparación para el examen de Estado[12].

     Sobre el catedrático de Derecho expulsado -aquel a quien Benítez se había referido cuando me habló de matar dos pájaros de un tiro-, me explicaba de la siguiente forma:

-          Don Astolfo Cantero da clases de licenciatura en Derecho y preparación de oposiciones de elevado nivel. Se rumorea que el abogado, con el que comparte el alquiler del piso, le pide consejo y colaboración para algunos de sus asuntos, dada la gran cultura y conocimientos jurídicos de don Astolfo. De ser así, podrían incurrir en alguna ilegalidad, pues el señor Cantero, por sus graves antecedentes penales de tipo político, no está autorizado para ejercer la abogacía. De todas formas, habiendo sido parcialmente indultado en dos ocasiones, podría ser que el Colegio de Abogados de Castellar le concediera la colegiación, cosa que me ha manifestado va a solicitar próximamente.

Debo hacer constar que el abogado con el que colabora don Astolfo es el famoso letrado, Sr. Castaño Rey, cuyos bandazos ideológicos son bien conocidos, así como las sanciones y condenas por ellos. Su amistad con el señor Cantero le ha llevado a relacionarse profesionalmente con la Academia Atenea y con Estudios Castilla, a las que ha defendido de las intromisiones y ataques de don Gedeón Montaña, llegando en alguna ocasión a la discusión violenta, a la que el susodicho letrado es proclive, dada su incontinencia etílica.

El señor Cantero completa su agobiante agenda con las clases de alemán en la Academia Atenea, dos días a la semana. Dado mi desconocimiento total de ese idioma, no puedo asegurar cuál sea el contenido de sus explicaciones, pero estoy por afirmar que en ningún momento se ha metido en política, siendo su mayor anhelo -según ha manifestado a este inspector- el de que se le levante la sanción de expulsión del Cuerpo y pueda volver a ejercer como catedrático universitario.

     Sobre la Academia Atenea, mis informes más extensos los había presentado en el trimestre anterior. Con todo, en 24 de febrero de 1948, suscribí un a modo de resumen, tras el que me parece estar sintiendo la mano amiga de Volo y el influjo de cierta joven a la que luego me referiré. Las conclusiones no dejaban lugar a dudas de que me había incorporado espiritualmente a la gran familia de Atenea, sin ofender por ello mi deber de decir la verdad, casi toda la verdad y algo más que la verdad. Después de todo, la imparcialidad absoluta era cualidad de jueces, no de policías, según me habían enseñado en la calle Miguel Ángel[13]. Dichas conclusiones rezaban así:

     Primera. La Academia Atenea es una empresa cultural y educativa que solo se explica por la necesidad de sus profesores -todos sancionados, en virtud de la Ley de Responsabilidades Políticas-, de subvenir a su sostén y el de sus familias, haciendo lo que mejor saben, es decir, dar clases de Bachillerato.

     Segunda. Dicha Academia tiene un razonable éxito de matrícula, pero padece dificultades crónicas de tipo económico, dado lo módico de sus tarifas, los frecuentes impagos de los alumnos (algunos de ellos, con matrícula gratuita) y los gastos e impuestos que supone su mantenimiento. Aunque no soy experto, creo que también contribuye el excesivo número de profesores, contratados en función del objetivo prioritario de colaborar a que los desafectos se ganen la vida ejerciendo la docencia.

     Tercera. La benevolencia del Régimen en materia de indultos parciales y levantamiento de sanciones administrativas, viene dando lugar a que diversos profesores de la Academia Atenea abandonen su trabajo en ella y pasen a incorporarse a claustros de Institutos de Segunda Enseñanza, generalmente fuera de la ciudad de Castellar. Cuando acabe sucediendo otro tanto con los profesores ahora separados del Cuerpo -en particular, los señores Tomillo y Madruga-, es de pronosticar el cierre de la academia, al menos, en la forma y con los objetivos con que viene hasta ahora funcionando.

     Cuarta. El comportamiento y la enseñanza de los profesores de la Academia Atenea son ejemplares y nada tienen que ver con sus antecedentes previos a 1936. Ni por las circunstancias de sus alumnos, ni por el volumen de ingresos y matrícula, están justificadas tampoco las críticas que se le vienen haciendo desde algunas instancias académicas ni, menos aún, la pretensión de que se clausuren sus actividades.



***

     Lo de la J.O.C. era más peliagudo. Aquella multitud de jóvenes de ambos sexos, en un movimiento tan arraigado en Castellar y su provincia, no era fácil de minimizar, con la disculpa de que era cosa de iglesia. Por lo demás, a la propia Iglesia no le era fácil digerir y asimilar a los jocistas, orgullosos como estaban de ser obreros católicos, no el ornato laboral de la Acción Católica, entonces en mantillas. Me siento orgulloso de comprobar, cuando lo releo muchos años después, que acerté en mis pronósticos de 1948, gracias -entre otras cosas- a que no pretendía disimular ni ocultar nada, a diferencia de lo que intentaba con los académicos. Así, entre otras cosas, recogía lo siguiente:

-          Como es sabido, la J.O.C. castellarense surgió hacia 1925, en el ámbito del convento de los Jesuítas, con intenciones marcadamente lúdicas y recreativas. Posteriormente, la influencia de movimientos similares más concienciados del extranjero (particularmente, Francia y Bélgica) y la reacción frente a la irreligiosidad de la República, les dio un carácter combativo y de reivindicación, siempre con predominio del aspecto espiritual, y muy alejados de los llamados sindicatos católicos o amarillos. De hecho, durante nuestra Guerra, los jocistas lucharon y murieron como cualesquiera otros ciudadanos, sin integrar, ni integrarse, en unidades o bajo banderas voluntarias, ni promover o participar en actos de particular violencia en la retaguardia.

-          A partir de 1939, siempre bajo la dirección de las jerarquías seglares de su primera época, pero ahora con numerosos consiliarios del clero secular, la J.O.C. ha alcanzado en Castellar un volumen comparativamente muy superior al de otras ciudades de España, como Barcelona o Bilbao, aunque están menos relacionados con movimientos extranjeros. En este aspecto pueden estar tranquilos los Sindicatos oficiales. No obstante, poco a poco, el carácter lúdico y cultual de las actividades jocistas va encaminándose a sectores más comprometidos: escuelas de aprendices, periódicos, conferencias sobre temas económicos y laborales, etc. Se calcula en tres mil el número de jocistas de Castellar y provincia (1.800 hombres y 1.200 mujeres), siendo de 3.900 ejemplares la tirada de la revista mensual que publican, llamada J.O.C.

-          Lo destartalado y poco funcional de los locales que actualmente ocupan en la calle Leonardo Moreno hace suponer que lleven adelante sus propósitos de trasladarse en un futuro no inmediato a nuevas instalaciones, al parecer, anejas al Santuario del Sagrado Corazón, donde se les cedería gratuitamente el terreno necesario. Indirectamente, ello podría significar el desahucio de la Academia Atenea, si sigue existiendo para entonces.

-          De todo lo expuesto, así como de numerosas conversaciones y entrevistas con jocistas y sus Consiliarios[14], me permito concluir que la J.O.C. puede llegar a ser un serio obstáculo al monopolio del que disfrutan legalmente los sindicatos nacionales. La propia expansión de la J.O.C. -poco extendida hasta ahora en España- y las relaciones que consolide con las Autoridades de la Iglesia, y estas con las del Estado, darán las pautas para el futuro de esta problemática.

***

     Como se deduce de los textos precedentes, mis informes del año 48 procedían mayormente de las charlas y confidencias de las personas a las que frecuentaba. Los datos administrativos y contables habían sido ya obtenidos en el último trimestre del año anterior, con la inestimable colaboración de Volo, fuera del horario de apertura. La verdad es que no tuve ninguna dificultad para ello, ni siquiera en el campo de las confidencias. El ambiente familiar que allí se respiraba, unido a la trapacera presentación que de mí hizo el expresado guardia, evitó el muro de silencio que los desafectos del Régimen levantaban frente a las personas a las que no conocían. Hubo excepciones, Asdrúbal entre ellas, pero figuras clave, como don Rafael, el profesor Cantero o Ataúlfo, el gran conseguidor, no observaron para conmigo ninguna circunspección.

     Con todo, hubo alguien que se me cerró en banda, de forma tan llamativa, que no pudo menos de llamar mi atención. No tardé en sospechar fundadamente que Volo podría tener la culpa. Él mismo me lo había confesado: a la chica de la oficina le había dicho que tuviese mucho cuidado conmigo. Yo creí que se trataba de una broma, pero no. Estuve tentado de ponerle una conferencia y exigirle una aclaración; mas lo pensé mejor y decidí descubrirlo por mis propios medios, con la cooperación de la propia Charo, por supuesto. A fin de cuentas, ¿para qué valía un policía de los de entonces si no era capaz de hacer hablar a una chiquilla de dieciocho años?




5.      Cuatro pasos por la nubes

    
     El segundo piso del caserón de la J.O.C. era una especie de desván aguardillado, que se comunicaba con el piso principal por una escalera casi de caracol, construida en una esquina del edificio. La mayor parte del espacio había permanecido sin tabicar y servía a la sazón para almacenar, sin orden ni concierto, muebles rotos, material didáctico obsoleto y juegos descabalados. Siempre tuve la sospecha de que, en algún lugar de aquel maremagno podrían hallarse escondidos restos de las pasadas glorias o lujos de la familia noble que habitó antes el palacio. Que Volo tuviese en el recibidor de su modesta casa una cornucopia en palosanto al natural con espejo de azogue, no hizo sino confirmar mis conjeturas, que traté de confirmar en el tiempo de mi suplencia. Lo único que pude hallar con olor a antiguo fue una mesa de billar, con una pata quebrada y el tapete parcialmente arrancado.

     Al final de la escalera, unos simples tabiques de panderete cerraban y distribuían un pequeño ámbito que, por las señas, debió aparejarse para vivienda del portero, aún en poder de los iniciales propietarios, cuando la planta baja se alquiló a tiendas. Caída en desuso como morada y precisando las academias de todo el espacio de la planta principal para clases y salas, se había instalado allí la oficina y archivo de la Atenea, recibiendo luz natural de dos ventanas de piñón tejado, cuyos cristales caían a haces de la fachada a la calle Leonardo Moreno. Para evitar el acceso indeseado de los alumnos, cortaba el paso de las escaleras una puerta cerrada con llave, salvo cuando la administrativa estaba en disposición de atender al público, lo que suponía no más de dos horas diarias, salvo en días de cobro.

     Entre mis deberes como ordenanza, estaba el de llevar y recoger el correo hasta la no lejana oficina de la Rinconada, lo que hacía a toda prisa en las horas extremas de mi jornada. Por razones de seguridad, también tenía que acompañar a la oficinista hasta el Banco Castellano, siempre que hubiese de realizar una imposición o extracción de fondos de cierta importancia. Fuera de esos motivos bien fundamentados, cualquier intento por mi parte de coincidir o charlar con la joven resultaba ajeno a mis ocupaciones como ordenanza, aunque pudiera resultar interesante para las policiacas.

     Seguro que nadie me creerá si afirmo que mi interés por Charo brotó antes de que la conociera personalmente, y su dulce belleza no hizo sino confirmarlo. Claro que yo tenía entonces veintitrés años y era bastante -demasiado- romántico. Pienso que, aunque la chica no hubiese resultado tan agraciada, las referencias de Volo la habrían convertido en mi Dulcinea.

     (De todos modos, para completar las alusiones de Felipe Duplá a la gentileza de Charito, incorporo al texto una fotografía que de ella me facilitó una sobrina nieta de aquel. Lamento que mi interlocutora se negase en redondo a señalarla entre el grupo. Solo me dijo sibilinamente: es la más atractiva. Así que juzguen ustedes. Y prosigo con el relato de don Felipe)[15]



    Por lo demás, la presentación en ausencia que me habían hecho no tenía nada de especial. Charo era la hija menor de un diputado de Azaña[16], a quien habían fusilado en noviembre del 36, dejando a su familia en la calle, como quien dice. Viuda e hijos habían ido capeando el temporal como buenamente pudieron. La benjamina, a punto de abandonar la escuela, había recibido como una bendición la apertura de la Atenea, donde fue recibida gratuitamente. Don Rafael había insistido en que aprovechara para cursar el bachiller por libre, pero la chiquilla se había negado, alegando la urgente necesidad de ingresos que tenía su familia. Así que obtuvo con brillantez el certificado de Estudios Primarios[17] y, de continuo, pasó a seguir cursos de mecanografía y contabilidad en Estudios Castilla, cuyo director era amigo de uno de sus hermanos. Ahora Charo, por las mañanas, trabajaba de secretaria para la Academia y, de tardes, se había colocado en una importante agencia de seguros.

     Aparte estos datos objetivos, Volo se hacía lenguas de las prendas de la joven, en particular, de la deferencia con que lo trataba (a mí, el último mono de la academia) y, para acabar de perfilar tan favorecedor retrato, me habló de su belleza y de los muchos desaires y algún desengaño amoroso que había sufrido, según él, fruto del egoísmo y la maldad que había legado la guerra:

-          Ya ves, como si el dinero lo fuera todo y los hijos heredasen los defectos de los padres.

-          ¿Qué defectos, Volo? Si los victoriosos hubieran sido los rojos, el color escarlata estaría de moda.

     Pero el guardia no entró al trapo rojo. Seguía con su preocupación por la niña, como si hubiese sido suya:

-          Figúrate. Habría podido casarse con cualquier hombre importante pero, lo que es ahora…

-          ¿Qué entiendes tú por importancia, Volo?

     Yo andaba buscando la polémica, pero Volusiano no estaba por la labor:

-          A buen entendedor…

***

     En el anterior trimestre, aprovechando la facilidad de acceso que me proporcionaban las llaves de Volo, había obtenido a deshora cuantos datos económicos y administrativos precisaba para mis informes sobre Atenea. Por tanto, ahora eran otros los motivos que me llevaban a intentar conversar y a ganarme la confianza de Charo, pero todo era inútil. Mi presencia parecía ponerla en tensión y, cuando no tenía más remedio que hablarme o aceptar mi presencia tutelar, era lacónica y abreviaba en lo posible.

     Desconociendo lo que Volo podría haberle dicho de mí, procuré erosionar la credibilidad del guardia, de manera ambigua y no muy peyorativa para él. Aproveché un día, de camino hacia el banco:

-          He recibido carta de Volusiano y me da recuerdos para usted -aunque, por razón de edad, me costaba trabajo hacerlo, me sentía obligado a emplear el tratamiento-.

-          Es muy amable, respondió. Si le contesta, dele a su vez mis saludos.

-          Descuide. Y eso que estoy molesto con él. ¿No sabe lo que le dijo de mí a don Rafael?

     Charo hizo un gesto negativo con boca y hombros.

-          Pues que era un tarambana y un culo de mal asiento -con perdón-.  Él es así -proseguí al cabo de unos instantes-. Como es tan recto, querría que yo fuese perfecto y, como usted puede comprobar, estoy lejos de serlo. De hecho, pocos jóvenes lo son, aunque siempre hay excepciones, como es su caso.

     La muchacha enrojeció y yo comprendí que había exagerado el elogio. Así que, antes de que me respondiese con disgusto, añadí:

-          Y, en ocasiones -sobre todo, cuando está alegre-, se vuelve un bromista de tomo y lomo. Sin ir más lejos, hace un par de semanas, se encontró con mi patrona y le dijo que poco le iba a durar el huésped, pues estaba a punto de casarse con una chica de su pueblo.

     Charo dio un respingo, que me hizo comprender que iba por el buen camino.

-          Como lo oye -proseguí-. Y, lo que yo digo, estas bromas confunden y me hacen desmerecer en el concepto de quienes no me conocen bien…, como puede ser el caso de la gente de la academia.

     Por si acaso no habían ido por ahí los tiros de Volo, cubrí otro sector:

-          Como lo de decir que me gustaría ser policía, con lo que habrá sufrido don Rafael por causa de ellos.
-          No hace falta ser tan sabio como don Rafael para saber que cualquier trabajo puede hacerse bien o mal, según sea la persona.

     La hubiese abrazado, de haber podido, pero tampoco era cosa de ahondar en aquel tema tan candente. Cambié hacia lo sentimental:

-          ¡Qué hombre don Rafael! ¿Lo conoce usted mucho? Fuera de la oficina, quiero decir.  

-          Soy algo amiga de sus hijas -disimuló-… Pero, entonces, usted está a gusto en la academia…

-          ¡Huy, encantado! Casi todos me tratan de maravilla.

-          … Y no lleva a mal que ciertos profesores sean…

-          ¿Desafectos? Verás, -perdón- verá, Charo, en Barcelona nos hicieron sufrir, primero, los rojos y luego los azules y los caquis. Para mí no hay más diferencia esencial que la de víctimas y verdugos. Y, cuanto antes pasemos página, será mejor. ¿No le parece?

     Estábamos a punto de llegar a destino. Apuntillé a Volusiano:

-          Espero que me crea todo cuanto le he contado, coincida o no con lo que Volo pueda haber ido diciendo de mí por ahí. Yo creo que la aprecia mucho y no quiere que ningún desconocido pueda hacerle daño.

-          Ya, pero ¿por qué iba usted a perjudicarme?... No lo entiendo… A lo que parece, el señor Volusiano me considera todavía una niña.

     Le abrí la puerta, dejando que me precediera hacia el patio de operaciones. Al pasar por delante de mí, le susurré:

-          No es el primero que confunde a una chica sencilla y dulce con una niña.

     A la salida, después de haber depositado el dinero en el banco, por vez primera se dejó acompañar en el corto trayecto que había hasta su casa. Todo lo más que dijo fue:

-          No hace falta que me escolte. Solo llevo tres cincuenta en el monedero.

     Me lo había puesto a tiro y no lo dejé pasar:

-          Lo valioso no es el monedero, sino su portadora.

     Vamos, todo un clásico de la trivialidad.

***

      A partir de aquel día, las relaciones entre nosotros fueron plácidas y cordiales. Por propia experiencia, así como por la lección número uno de táctica con las chicas, decidí no agobiar a Charo, ni mostrarle muy a las claras mi creciente interés por ella. Un trato deferente y afectuoso me parecía la clave para llegarle al corazón, según lo que Volo me había contado de ella y cómo respiraba la muchacha ante su inmisericorde postergación, fruto de la guerra. Y, a propósito del malévolo Volusiano, hice varios intentos cerca de Charito (ya habíamos empezado a tutearnos) para que me revelase las maldades que sobre mí había deslizado. Fue en vano. La joven sonreía y tan solo me tranquilizaba:

-          Eso ya quedó atrás; puedes estar seguro.

     Los días pasaban y mi suplencia estaba a punto de expirar. Aunque estaba muy cansado, ahora ya no deseaba el regreso de Volo, al menos, mientras no diese un paso decisivo en mis relaciones con Charo. Temía que fuera capaz de descubrir mi profesión y propósitos académicos, y que, en consecuencia, todo se me fuera al traste. Se imponía una medida urgente y drástica, y a fe que fue muy llamativa: en aquel 1948 cumplí años dos veces.

     Me explico: Yo vine al mundo un 16 de abril, pero esa fecha de cumpleaños resultaba demasiado tardía para mi propósito. Se me ocurrió adelantarla estratégicamente al sábado, 21 de febrero, para así camelar a Charo. A juzgar por el resultado, acerté.

-          ¡Qué cosas tiene la vida! -comencé-. El sábado es mi cumpleaños y no tengo con quien disfrutarlo.

-          Ya sé que tienes a la familia en Barcelona -adujo Charo-, pero ¿y amigos? Alguno habrás hecho desde que estás en Castellar.

-          Llevo poco tiempo y, entre estudiar y trabajar… En fin, otro año será mejor. Claro que los veinticuatro solo se cumplen una vez en la vida.

     La cosa estaba produciendo efecto: Charo tenía la mirada baja y el gesto compungido.    

-          Bueno, la verdad es que sí tengo una amiga, pero no me atrevo a proponérselo, por no llevarme el disgusto de que me rechace.

-          No veo por qué. Total, el no ya lo tienes.

-          Seguro que por ella -proseguí- no habría problema: es muy afectuosa. La dificultad viene de que tendríamos que salir solos y, claro, no sé si le parecerá un poco comprometedor.

     Charo estaba in albis:

-          Todo depende de a dónde vayáis. En fin, si vais a ir a dar un paseo y quieres que os acompañe durante un rato…

-          No solucionaría nada porque…, porque la amiga a quien estoy deseando invitar a mi cumpleaños eres tú.

     Permaneció suspensa por unos momentos y luego rompió a reír. Por mi parte, fingiendo una seria solemnidad, pregunté:

-          ¿He de entender, señorita, que su hilaridad significa que acepta usted mi invitación?

     Charo, conteniendo aún la risa, me respondió de forma similar:

-          En efecto, caballero, y le quedo muy agradecida.

***

     Desde las carteleras del cine Roxy, un espadachín enmascarado, todo vestido de negro, tiraba una estocada que atravesaba una enorme zeta roja[18]. Esa habría sido mi opción fílmica, si no fuera por no juzgarla del agrado de mi valiosa acompañante, por no hablar del guirigay masivo de una sala llena de chiquillos. En El Noticiero de Castellar venía la crítica muy favorable de una película italiana, que parecía el colmo de la sensibilidad y el buen gusto -y, además, no era tolerada para menores-. El título me sedujo desde el primer momento: Cuatro pasos por las nubes[19]. Yo me conformaba aquella tarde con dar tan solo el primero.

     Quedamos en los soportales, a pocos metros de su casa, pero fuera de la visión desde los balcones. Con su cabello suavemente ondulado, discreto maquillaje pero intenso rojo de labios, abrigo suelto color cereza, guantes y zapatos de tacón negros, parecía una reina. Un discreto bolso de cocodrilo, con marco y cierre dorado, completaba su atuendo. A su lado, me sentí como el patito feo y por un momento deseé haber vestido el uniforme de gala de inspector de policía, con su gorra de plato, insignias y galones, que me habría dado, a la vez, prestancia y centímetros.

     Un poco tensos, iniciamos el camino hacia el Teatro del Campo, donde proyectaban la famosa película de Blasetti. De entrada, solo me atreví a decirle algo así como lo guapa que estaba. Recuerdo perfectamente su respuesta:

-          Mi madre, con ayuda de sus hijas, se ha convertido en una buena modista y mi hermana Piluca trabaja en la perfumería La Moderna. Así que todo queda en casa.

     Poco a poco, me fui relajando, a base de ponerla en antecedentes de lo que íbamos a ver. Fui tan prolijo, que me preguntó:

-          ¿Pero, tú ya has visto la película?

-          No, mujer -repuse-. Solo he procurado enterarme de qué va, para procurar acertar con tus gustos.

-          No siendo de violencia o de miedo, me lo suelo pasar bien con todas. Además, voy con mis amigas, que son muy divertidas.

     Me quedo con ganas de exponer aquí el argumento de Cuatro pasos por las nubes, pero se puede encontrar en muchos libros, aparte de que hicieron una nueva versión muy similar, pocos años después[20]. Algo tendré que reflejar, para que pueda entenderse nuestra charla ulterior y la repercusión que lo que hablamos tuvo más tarde en nuestras vidas. El tema es el empleo de la mentira con buena intención, vale decir, para suavizar tensiones y aplazar problemas. En la película, desde mi punto de vista, el generoso objetivo del engaño resulta, a la postre, innecesario y aún está a punto de provocar mayores males y complicaciones; pero eso Charo y yo debimos de pasarlo por alto, a juzgar por la clave del coloquio que tuvimos. Dijo así ella, con mucha convicción:

-          Pasear por las nubes, o por el paraíso, o por el país de la fantasía, me da lo mismo. Después de tanta violencia y de tanta tristeza, prefiero la alegría y la solidaridad, por engañosas que sean, a la cruda realidad que me está tocando vivir.

-          Pero es mejor que la felicidad sea cierta. ¿Por qué no va a llegarte? Te la mereces.

-          Ojalá llegue… pero, mientras tanto, permitámonos unos pasos por las nubes…, cuatro tan solo. ¿No crees?

-          De acuerdo, demos el primero: Vayamos a merendar al Café del Norte.



     De camino, en la calle de San Diego, nos encontramos con dos chicas, que hacían el paseo en sentido contrario. Charo se paró a saludarlas y, ante mi respetuosa detención a unos metros, ella me hizo retroceder para hacer las presentaciones. Resultaba que una de sus amigas era hija de don Rafael. Ella, muy jovial, apostilló:

-          Así que tú eres el sustituto de Volo. Pues qué quieres que te diga, Charo; yo creo que la Academia ha ganado mucho con el cambio.

-          Es solo por un mes, repliqué un poco secamente.

-          Ya lo sé, hombre: era una broma. Felicidades por tu cumpleaños y que os divirtáis.

Tan pronto nos separamos, pregunté a mi acompañante:

-          ¿Entraste a trabajar en Atenea por amistad con la hija del director?

-          No. Mi madre y la suya ya se conocían, de los tiempos en que sus maridos estuvieron encarcelados en la Provincial de acá. Luego, Alicia y yo nos hemos hecho muy buenas amigas, pero el cariño que me profesa don Rafael y la ayuda que siempre me ha prestado han nacido de su relación con mi difunto padre.

-          Buena persona, don Rafael. Parece mentira que se las hayan hecho pasar tan malas.

-          Y todavía se las hacen pasar. Ahí lo tienes, sosteniendo a duras penas la academia, trabajando como un burro y pasando muchas estrecheces.

-          ¡Qué me vas a decir! He estado varias veces en su casa.

-          No sabía. Habla bien de ti pero no creí que te hubiera invitado a…

-          ¡Oh, no es eso! Es que le he llevado correspondencia urgente y hecho algunos recados.

***

     Habíamos llegado al Café del Norte. Estaba prácticamente lleno y sumergido en una neblina tabaquera poco grata para quienes no éramos fumadores. Pero había hecho reserva de una mesa próxima al estrado de la música, todavía vacío. Charo solo pidió chocolate, aduciendo una sospechosa falta de apetito, pero yo completé su pedido con un suizo. Por mi parte, un café con leche y una apetitosa ración de tarta de chocolate fueron el encargo. Mientras esperábamos, hurgó en el bolso y sacó una cajita alargada, envuelta en papel azul marino, la cual me entregó con una sonrisa:

-          Un pequeño obsequio, por tu cumpleaños. Espero que te sea útil.

     Abrí el envoltorio y me encontré con una estilográfica negra, marca Kaweco[21].

-          ¡Cielos, Charo, esto es un regalazo! Te has excedido hasta tal punto, que no sé si debo aceptarlo.

-          No seas tonto. Solo prométeme que la usarás para todo lo que escribas. No hagas como mi hermano, que el abogado con quien trabaja le regaló una Mont Blanc[22] y la tiene guardada en un cajón de su buró.

     Mientras dábamos cuenta de la merienda, salieron los músicos y la vocalista que habían de amenizar la velada. Ni la música caribeña ni el timbre de la cantora fueron de nuestro gusto. Nos miramos con tácita coincidencia: entre el calor, el humo y la discordancia musical, nos encontrábamos incómodos. Terminamos de comer, pagué y salimos inmediatamente a la calle. Hacía frío pero nos apetecía pasear. No eran ni las ocho.

     Quizá por la fuerza de la costumbre, tomamos el camino de la academia. Pasábamos por delante de ella, cuando una voz femenina gritó a nuestra espalda el nombre de Charo. Se saludaron cariñosamente y esta me informó:

-          Es mi vecina Silvia Gobernado, una estupenda pianista, que nos alegra la vida a toda la casa.

-          No exageres, Charito: lo justo para ganarme la vida dando clases y tocando aquí.

-          ¿En la sala Bolero?, pregunté. Tengo entendido que hay una orquestina muy armoniosa, no como el conjunto del que acabamos de huir.

     Charo le explicó. Silvia sonrió y nos invitó a entrar:

-          Más tarde cobrarán entrada para escuchar a una cantante venezolana, a la que tendremos que acompañar, pero ahora la sala estará medio vacía y mis colegas y yo tocaremos a nuestro aire, sobre todo, música vienesa, que es lo que nos ha hecho famosos en Castellar. ¿Por qué no entráis? Por lo menos, no pasaréis frío.



     Aceptamos el ofrecimiento. Silvia habló con uno de los camareros, quien nos llevó hasta una mesa entre el entarimado de los músicos y la pista de baile. En efecto, el local estaba en ese momento muy poco concurrido y el humo de los cigarrillos era aún poco perceptible.

     A los pocos momentos, aparecieron los siete componentes del grupo. Me llamó la atención que había tres violinistas, además de la pianista, el consabido batería, y dos músicos de viento, de los que uno era el cantante, si bien ejerció poco de tal en lo que estuvimos nosotros. Las piezas alternaban entre la balada, el bolero y los valses puramente instrumentales. Aunque mis especialidades eran el pasodoble y la sardana, las melodías sonaban tan tiernas y pegadizas, que me levanté, hice una inclinación y dije a Charo:

-          Señorita, ¿quiere usted hacer la felicidad de un bailarín que, aunque pésimo, cumple hoy veinticuatro años?

     Ella asintió y se dejó guiar hasta la pista, donde otras tres o cuatro parejas compartían el espacio. Apenas la tomé en los brazos, en la forma suave y despegada que entonces se estilaba entre amigos, comprendí muchas cosas: que bailaba mucho mejor que yo; que llevaba un sencillo vestido color topacio, de cuerpo camisero, con mangas hasta el codo, y falda de airosos pliegues con amplio vuelo; y que nos iba a ser mucho más difícil separarnos en la vida de lo que lo era al final de cada baile.

      Llegaron las nueve y media y Cenicienta tenía que regresar a su casa. Para que no hubiera de hacerlo a la carrera y sin el príncipe, nos levantamos ambos, hicimos un gesto de despedida a Silvia y, del brazo, nos perdimos por las callejuelas del viejo Castellar. Unos minutos antes de las diez llegamos ante su casa. Rocé fugazmente su mejilla con mis labios y le dije:

-          ¿No sería posible cumplir años todos los días?

-          No, pero sí lo es no cumplirlos.

     No supe cómo reaccionar. Evidentemente, Charo había leído Alicia en el País de las Maravillas[23], pero yo todavía no.




6.      La cruda realidad


     El retorno de Volusiano provocó la tempestad que yo ya me esperaba. A la segunda vez que me vio a la puerta de la academia esperando a Charo, me mandó pasar adentro y me echó una bronca:

-          ¿Es así como te tomas el trabajo? ¿Y cómo crees que se va a sentir Charito cuando se entere de que eres policía y la has estado sonsacando?

-          Poco a poco, señor civil retirado. Si quieres que siga hablando contigo, tendrás que darme una explicación y una disculpa de las barbaridades que le contaste sobre mí, antes de marcharte de vacaciones.

     Bien fuera por la sorpresa ante mi impavidez, bien porque estuviera deseando sincerarse, me contestó con claridad:

-          Pues le dije que eras muy dado a enamoriscarte y bastante cotilla; que tuviera cuidado contigo, pues ya tenías novia.

-          Ya me lo figuraba. ¿Crees que es esa forma de portarse con un amigo o, cuando menos, un compañero?

-          Oye, oye, de amigo, nada y, en cuanto a lo de compañero, no me parece que un guardia veterano tenga mucho que ver con un secreta[24] recién salido de la Academia.

-          Muy bien. Transmitiré al comisario, punto por punto, lo que acabas de decirme. Le va a gustar mucho la ayuda que me estás prestando en mi servicio, incluso lo de irte de vacaciones a mi costa y soltarle a don Rafael que me estoy preparando para policía.

     Volo plegó velas y bajó el tono, mascullando algo sobre que estaba liando las cosas. Como Charo debía estar a punto de bajar, concluí de forma condescendiente:

-          Comprendo que lo hayas hecho por afecto hacia la chica, pero yo también quiero lo mejor para ella y el caso es que también se ha encariñado conmigo. Encontraré la mejor forma de revelarle quién soy y el momento más oportuno para ello. Pero, como te entremetas de nuevo y te vayas de la lengua, no pararé hasta que te echen de este trabajo.

     Nada contestó mi antagonista, si bien dicen que quien calla, otorga. No quedándome tranquilo, ni mucho menos, comprendí que tenía que moverme pronto y bien, si quería evitar en lo posible el disgusto y el enfado de la niña que me tenía sorbido el seso. Me pasé toda la tarde dándole vueltas, hasta dar con la presunta solución, que pasaba por los buenos oficios de don Rafael.

     El director-filósofo había estado muy cariñoso conmigo al despedirme. Y, aparte de afecto, me había mostrado generosidad:

-          Como me figuro que, por amistad, no vas a reclamarle a Volusiano remuneración alguna por tu trabajo, voy a tener contigo una atención, en nombre de la academia.

     Me entregó un sobre abierto. Dentro iba un billete de cien pesetas, es decir, la mitad de lo que mensualmente cobraba Volo. Ni que decir tiene que el dinero voló, en interés y beneficio de la amada discípula de don Rafael. Pero, ahora, tiraría de mis ahorros. Me encaminé a los soportales y compré una preciosa boquilla de marfil y ámbar. Seguidamente, acudí a la casa del profesor en la calle de la Fontana de Oro, con la esperanza de hallarlo y poder hablar con él.

-          Has tenido suerte, me dijo. Iba a salir dentro de un momento.

-          Si quiere que vuelva mañana, o que vaya por la academia… Pero, la verdad, el asunto corre un poco de prisa.

     Me pasó al despacho -única habitación que contaba con balcón a la calle- y nos acomodamos en sendos sillones, cabe la amplia mesa, llena de libros y papeles sin orden aparente. Empecé por lo de la boquilla.

-          ¡Caramba, Duplá, qué boquilla más preciosa! No tenía que haberse molestado.

-          Espero que la use usted lo menos posible -bromeé-. Sería la mejor prueba de que habría logrado dejar de fumar.

-          Lo dudo mucho. A mis cincuenta y dos años es difícil abandonar las viejas costumbres. Pero, ¿qué es eso urgente de que quería hablarme?

     Pensé que lo mejor era andarme sin circunloquios, entre otras cosas, por si el tiempo de visita estuviera limitado.

-          Lo mejor, don Rafael, será que me presente. Soy Felipe Duplá, inspector de policía, encargado por mis superiores de informar detalladamente acerca de su academia y de los Estudios Castilla.

     El señor Tomillo despegó ligeramente los labios y se me quedó mirando con extrañeza. Comprendí que debía proseguir pues no iba a hacer comentarios:

-          Mas no debe preocuparse. Las denuncias que se han formulado contra ustedes no tienen el menor fundamento. Así lo hago constar en los informes que he de presentar en la Jefatura dentro de unos días.

     Solo entonces me percaté del fallo de no haber llevado una copia de mis conclusiones.

-          Lamento no tenerlo aquí, pero mañana se lo traigo a la hora que me diga.

     Seguía sin obtener respuesta. Concluí:

-          Se trata de una actuación secreta pero me permito advertirle reservadamente, para que esté al tanto de lo que algunos maquinan contra ustedes y puedan tomar las medidas pertinentes.

     Callé. Don Rafael comprendió que nada más tenía por ahora que decirle, y habló:

-          Las denuncias contra la academia y sus profesores no son nada nuevo. Llevamos con ellas desde que la abrimos, va para seis años. Incluso estoy por asegurar que acertaría los nombres de los denunciantes, si me los preguntaran. Y, en cuanto a estar prevenido, no sé qué más podremos hacer que enseñar lo mejor que sabemos, vivir en familia y no abrir la boca. De todos modos, le agradezco mucho su deferencia y, por supuesto, nada tengo que disculparle, ni hace falta que me presente el dossier: lo creo, sin verlo.

     Sonreí y exhalé un suspiro, aliviado. Tal vez por ello, el profesor me hizo una importante confidencia:

-          Bajo la misma reserva que usted me ha pedido, le voy a contar algo, para su tranquilidad. Acaban de comunicarme que han archivado por falta de pruebas el sumario por pertenencia a la masonería, que me habían abierto hace años, a cuenta de las denuncias falsas y malévolas que antes le refería. Así que, con eso y la cancelación de mis antecedentes penales, nada impide que me autoricen el reingreso en el Cuerpo de catedráticos. La cosa va por buen camino, siempre que no me empeñe en volver a Legión, ni reclame plaza en Castellar. Vamos, que acepte un destierro cerquita. De modo que, si todo marcha como me han prometido, adiós a la Academia Atenea, lo que mucho me temo suponga el cierre de mi querida y achacosa institución.

     Dirigió la vista al reloj de pared -yo pensé que para animarme a marchar-, pero prosiguió:

-          Con tanta política, estoy olvidando las más elementales normas de cortesía. A esta hora, mi esposa y yo solemos tomar un café con pastas. Le ruego nos acompañe. Los dulces son excelentes. Los compro en Mota, cuando voy los jueves a dar clase.

-          Con mucho gusto, don Rafael, pero antes querría que acabásemos con todo lo que he venido a contarle.

-          Bien, pues usted dirá.

     Como es de suponer, se trataba del tema de Charito. De la forma menos apasionada posible, le expuse nuestras incipientes relaciones, el recíproco cariño y esperanzas que habíamos puesto en ellas y el pánico que sentía a causarle dolor y decepción, cuando le revelase mi actuación policiaca. El profesor pareció estar bastante al corriente de nuestras cosas, seguramente por su hija Piluca.

-          Charo, aunque muy joven, es muy firme en sus sentimientos y convicciones -me dijo-. Estoy convencido de que, explicadas las cosas con calma y sensibilidad, las comprenderá y no se apartará de testimoniar el afecto que le profesa. Creo que ha de ser usted quien le explique todo y cuanto antes, mejor. Una vez que haya cumplido con su parte, yo puedo apoyarle, exponiéndole su caballerosidad para conmigo y las inevitables obligaciones de su profesión. Siempre hemos dicho que lo malo no es la función, sino los malos funcionarios, sean policías, profesores o médicos.

-          En efecto, así piensa ella.

-          Pues, ánimo y adelante. Cuente conmigo… y con Piluca, que no hace más que decir la buena pareja que hacen, aunque está algo mosca por no tener claro a qué se dedica usted.

-          Lo que se les escape a las mujeres, don Rafael…



***

     El siguiente domingo, 21 de marzo, era de Ramos. Poco interesado ahora en pasar unos días de descanso en Barcelona, había demorado la entrega a Benítez de todos los informes hasta el viernes anterior, justo a tiempo de cumplir con el límite impuesto. El comisario recibió la documentación y dijo:

-          En el último día, Duplá. Ya estaba pensando en sancionarlo.

-          Perdone, comisario, pero el último día habría sido mañana, que es laborable y anterior a la Semana Santa.

-          Anda, anda, que te has corrido un semestre de ensueño, a costa de don Gedeón y demás cantamañanas de denunciantes. Pero, eso sí, el próximo lunes ya puedes presentarte en la comisaría de Mantuana, que aquí ya no precisamos de tus valiosos servicios.

-          Me dará un justificante y un informe para los jefes de allá…

-          Los mandaremos por correo, que antes he de leer bien despacito todo lo que has escrito. Por lo poco que abulta, no has debido de esforzarte mucho.

-          Hay cosas, comisario, que no se miden al peso.

     Así pues, el Domingo de Ramos era el final de una etapa. Charo había estado bastante mustia el día anterior y yo lo achacaba a mi inminente partida de Castellar, por más que Mantuana estuviera tan solo a cincuenta quilómetros. Pensé que podría ser un buen estado de ánimo para que no se indignara ni me abroncase, cuando me confesara con ella. De todas formas, para animar el día, decidí repetir el plan de la tarde de mi fingido cumpleaños: cine, merienda y baile. ¿Dónde intercalaría la gran revelación?

     Procuré que la película fuese ligera y alegre. Escogí la espectacular Escuela de sirenas[25]. Hacía buen tiempo y, a la salida, sugerí que, en vez de tomar directamente la concurrida calle de San Jacobo, paseásemos un rato por la Acera de los Agustinos. El rostro serio de Charo, un poco crispado, me animó a exponerle la situación en modo peripatético.

-          Tengo que decirte algo y no sé cómo empezar.

-          Si es lo que yo creo, no hace falta que te tomes la molestia, y ya puedo anticiparte que te comprendo y que no veo problema para que sigamos con nuestra relación.

     La miré atónito; tanto, que fue ella la que hubo de explicarse:

-          No sé si debiera decírtelo pero, en fin, el caso es que don Rafael le contó a doña Emilia lo que habíais estado hablando. Piluca lo oyó sin querer y le ha faltado tiempo para decírmelo, con una insistente e innecesaria recomendación: que no te lo tomara a mal. Ya sabes cómo es ella, práctica y lista como un rayo. ¿Sabes que me dijo?

-         

-          Pues que ahora que ya sabía que tenías un trabajo y que no era malo del todo, era el momento de hacernos novios formales y de que yo saliese cuanto antes de las faldas de mi madre.

     Me eché a reír, liberado de inquietudes; antes de tiempo, como veremos. La propia Charo me puso sobre aviso:

-          Tal vez la cosa no sea tan fácil ni tan libre. Soy menor de edad y a mi familia no les ha parecido nada bien que seas un policía y que lo hayas ocultado hasta ahora.

-          Mujer, ya contaba yo con que, de principio, no me mirarían bien. Con todo lo que habéis pasado…

-          También me lo figuraba yo, pero estaba tan ilusionada, que me sinceré con ellos en cuanto me enteré por Piluca. Chico, qué disgusto. Mi hermana Paloma grita mucho; luego, me da un par de besos y se le pasa. Pero mi hermano y mi madre… En fin, vamos a tener que ser muy pacientes, hasta que vayan haciéndose a la idea.

-          Claro, mujer. Lo importante es seguir queriéndonos y no venirnos abajo por nada del mundo.

     Era más fácil de decir que de soportar, pero aquella tarde los dos pudimos sentir la intensidad con que se vive el amor, cuando la pareja arrostra unida las contrariedades. 

***

     Con esas sensaciones agridulces, empecé mi auténtica vida de policía, sobre la que nada diré, pues no viene al caso. Salvo que estuviese de guardia, el domingo tomaba el tren para Castellar, donde Charo y yo pasábamos unas horas juntos. Si no estaba libre, adelantaba el viaje a la tarde del sábado. Aunque ambos éramos circunspectos y procurábamos abstraernos de los sinsabores del resto de la semana, me daba perfecta cuenta de que estaba muy presionada en casa y no le resultaba fácil que la dejaran salir para estar conmigo. En ocasiones, quedábamos en las inmediaciones de las viviendas de sus amigas íntimas. Estas nos acompañaban al cine y en algún tramo del paseo, por razones implícitas, que yo comprendía perfectamente. A ciertos efectos, éramos cuatro a luchar y eso reconfortaba a mi novia de tal modo, que yo les estaba muy agradecido a las dos carabinas.

     Avanzada la primavera, optamos por escaparnos al Pinar, donde teníamos la casi total seguridad de no tener algún encuentro indeseado con familiares o conocidos de Charo. Yo traía de Mantuana algunas vituallas, preparadas por mi patrona en la consabida cesta de mimbre, y un renqueante y atestado autobús nos llevaba y traía de Castellar. La novedad se produjo el domingo, 30 de mayo, día de San Fernando, al coincidir en la parada del Campillo con don Rafael, su esposa y Piluca. Era una coincidencia totalmente prevista por Charo y, dicho sea de paso, la primera vez que veía al profesor sin corbata. El objeto quedó muy claro, ya en el pinar, cuando hizo un aparte conmigo.

-          No creas que eché en saco roto - dijo- mi compromiso contigo. Para empezar, a través de Piluca en realidad, apoyé ante Charo tu forma de actuar. Como esperaba, no tuvimos el menor problema pues bien sabemos que está muy enamorada de ti.

-          Lo sé. Gracias, don Rafael.

-          Ya que todo había ido como la seda, mi mujer y yo resolvimos hacer una visita a la madre de Charo, cuando nos enteramos de que por ese sector las cosas iban bastante peor. Y, en efecto, pinchamos en hueso, como quien dice.

-          Estoy al corriente de la situación a grandes rasgos, pues a Charo se le pone un nudo en la garganta, cada vez que le pregunto sobre ese tema.

-          Sinceramente, Felipe, se me hace difícil de entender tanta cerrilidad. Mi esposa me dice que tal vez ella actuaría igual, si a mí me hubiesen fusilado y un falangista pretendiese a Piluca…

-          ¡Pero yo no soy falangista!

-          Por descontado, pero así es como mal razonan muchos: si eres policía, o guardia civil, es porque estás dispuesto a aceptar cualquier orden que se te dé, por disparatada o criminal que sea. No admiten términos medios, ni el mal menor de que, en teniendo que haber fuerza armada, mejor que posean la fuerza y las armas unas personas respetables. En fin, no hay modo de cambiar por ahora ese modo de pensar. Diez años son pocos, para lo gordo que fue aquello. Tal vez, con otra década…

-          ¡Muy largo me lo fiais!

-          No, hombre. En el peor de los casos, a Charito le faltan dos años y pico para la mayoría de edad… Pero déjame que te haga la disección de la familia Alvarado, para que sepas el terreno que pisas, ya que tarde o temprano tendrás que vértelas con ellos.

-          Por mí, ya lo habría intentado, pero Charo no quiere que los visite.

-          Sí; mejor esperar… Pues bien, imagina a unas personas que, de la noche a la mañana, lo pierden todo; que se ven lanzadas al hambre, el miedo y el desprecio; que, dilapidando su salud y con esfuerzo ímprobo, se abren un estrecho camino con su trabajo manual; que no tienen otro capital moral que sus valores políticos, su íntima unidad y su solidaridad a ultranza. Piensa, ahora, que a una de las mujeres, la más frágil aparentemente, la vean alejarse y desligarse del hogar, atraída por un policía, para ellos un esbirro del Régimen, quien, para mayor escarnio, la ha enamorado ocultándole su condición. Ese es su punto de vista, más que erróneo, subjetivo y egoísta, pues no tiene en cuenta la opinión de los protagonistas, que sois vosotros. Bien, amigo Duplá, así están las cosas y ese es el terreno en que habréis de jugar y ganar. De esto último creo estar totalmente seguro. Que lo hagáis con el menor sufrimiento posible para todos, es mi mayor deseo.

-          ¡Qué terreno para jugar, don Rafael! ¡Quién diría que la guerra acabó hace nueve años!

-          ¿Estás seguro de eso, Felipe? Yo lo pongo frecuentemente en duda, hasta que me doy cuenta de que unos ganaron y otros perdimos.

-          Se equivoca, profesor. Por lo que estoy empezando a ver, aquí perdimos todos.

     Nos reunimos con las féminas, a tiempo de recibir la reprimenda, por la tardanza, de doña Emilia, que ya tenía sobre yerba y mantel una suculenta merienda. Ante mis ponderaciones, la señora preguntó a su marido:

-          ¿No le has dicho, aquí, al joven lo que celebramos?

-          ¡Huy!, se me había olvidado… En efecto, Felipe, el jueves recibí la feliz noticia que esperábamos. Vuelvo a ser catedrático y, a partir del próximo septiembre, enseñaré Filosofía en el Instituto de Mantuana.

-          ¡En Mantuana!, exclamé. Entonces me tendrá por uno de sus oyentes.

-          ¡Je! Dame tiempo para entrenar, que estaré un poco oxidado.

-          ¡Oxidado, tú, que no has hecho más que dar clases, leer y escribir! -replicó indignada su esposa-.

-          Mujer, no es lo mismo perorar en una academia privada que disertar en un liceo centenario[26].  

***

     Que nuestra guerra civil había dividido a los españoles en vencedores y vencidos era cosa fuera de toda duda. A mayores, la coyunda entre unos y otros estaba muy mal vista, como los vencidos se habían encargado de recordar a Charo. Faltaba que los vencedores me lo advirtieran a mí. Fue casi de casualidad. Iba a casarse un compañero de la comisaría y, en el café, comentó:

-          Ya tengo todo el papeleo hecho. Acaba de darme la licencia para casarme el Comisario Jefe.

-          ¿Cómo dices? -pregunté-. Es que…

-          ¡Mira este!, saltó un tercero. Nosotros, y los guardias civiles, los militares y no sé cuantos más. Menudo rollo me dieron porque el padre de mi mujer había combatido con los rojos. Figúrate, qué iba a hacer, si le pilló el Movimiento en Albacete…

-          ¿Y en qué ley dice eso?, insistí a riesgo de importunar.

-          Será por lo de observar buena conducta y ser adicto al Régimen[27]. En cualquier caso, Felipe, nos lo exigen y basta. Así que mira a ver a quien te arrimas.

     Confirmado el requisito, no era cosa de esperar que llegase el momento y encontrarnos con el problema. No queriendo dar tres cuartos al pregonero en Mantuana, me dejé caer por Castellar y me entrevisté con Benítez quien, por cierto, había dado muy buenos informes de mí. Tal vez le moviese a ello que Atenea y Castilla cerraron en el intervalo de pocos meses; la primera, definitivamente; la segunda, por traslado de sus principales a Madrid, hartos de campañas de prensa e incordios del malvado Gedeón.

-          ¡No me digas!, exclamó. Eres un tío puntilloso hasta el extremo. No te basta con investigar las telarañas de la Atenea, que ahora quieres casarte con la de la oficina.

-          Le hablo a prevención, como a un amigo. La cosa está todavía muy verde.

-          Pues menos mal, Duplá, porque a juzgar por algún precedente que conozco, el historial de tu novia es como para que no te dejen casarte con ella. Y no solo es cosa de su padre, sino de su hermano. Está de pasante con Ugarte.

-          No lo conozco.

-          Pues otro de la cáscara amarga, como tu investigado Astolfo Cantero, aunque algo menos que el energúmeno de Castaño Rey. En fin, la cosa no tiene por dónde cogerla.

-          Ni aunque yo me fuera a trabajar lejos de Castellar…

-          Eso no es disculpa.

-          ¿Cuál sería la sanción para el caso de que contrajese matrimonio sin permiso?

-          Si solo fueras policía armada, a lo mejor se conformaban con un traslado forzoso a las quimbambas, o una suspensión por uno o dos años. Siendo un secreta, te echarán del Cuerpo definitivamente y te las verás negras para trabajar en muchas otras cosas.

     En ese momento, debió de haber pasado un ángel. Me quedé tan hundido, que Benítez tuvo lástima e hizo por mí lo que un buen amigo:

-          Dices que la cosa está muy verde; vamos, que no tenéis ninguna prisa.

-          ¡Qué remedio! La familia de ella pone toda clase de dificultades. Como es menor…

-          ¡No te fastidia, todavía con ínfulas! Bueno, en ese caso, yo veo una solución, aunque no te aseguro el resultado.

-          Hable, comisario. Haré lo que me aconseje.

-          Pide la excedencia por dos o tres años. La chica llega a la mayoría de edad; os casáis, sin informar a nadie; tenéis una criatura. Luego, pides reingresar. Ya casado y padre, no creo que nadie se atreva a rechazarte por los antecedentes de tu mujer. Ahí sí que podría ser importante que pidieras voluntario un destino lejano y poco apetecible: tu Barcelona, por ejemplo. Y, conforme pasa el tiempo, cada vez abren más la mano en estas cosas de la política. Ahí tienes a don Rafael Tomillo, comiendo caliente todos los días.

-          Dios le bendiga, comisario. Pero, por favor, no me delate.

-          Descuida. Ni tú a mí. Hay cosas que no deben enseñarse a los novatos, no sea que lleguen a comisarios, aunque no valgan para ello.

***

     Si todo lo que cuento no fuese rigurosamente cierto, alguien podría dudar de la fantástica casualidad con que voy a cerrar mi relato. En efecto, era muy fácil pedir la excedencia por tres años, pero muy difícil mantenerse durante ese mismo tiempo. Tuve la suerte de que, durante unos meses -hasta el final del curso 48-49- no se cerrara Estudios Castilla, aunque el director y parte del profesorado ya se hubiese trasladado a Madrid y abierto una nueva academia, a mucha mayor escala -Ataúlfo del Águila seguía siendo un osado-. Con muy pocas esperanzas, me presenté en la Casa Singer y hablé con mi antiguo profesor de Comercio:

-          No tendréis nada para mí. He pedido la excedencia en la Policía. Quizá podría seros útil dando clases de preparación para la Escuela Nacional.

-          Aquí vamos a cerrar, pero en Madrid estamos ampliando el negocio. Hablaré con Ataúlfo y te daré razón.

     Al cabo de unos días, volví a pasar por Castilla. A mi pregunta contestaron con otra:

-          Pregunta Ataúlfo la razón por la que has pedido la excedencia.

     Se la dije, no fueran a creerla deshonrosa. Esta vez, la contestación fue concluyente:

-          Dice Ataúlfo que, con ese motivo de la excedencia, te hará un hueco en Madrid, aunque tenga que dejar fuera a su hermano.

     Aquilino y yo nos miramos de hito en hito durante unos segundos. Observé que estaba tratando de contener la carcajada:

-          ¿Qué sucede?, inquirí. ¿He dicho algo gracioso?

-          No, tú no. Es por lo que dijo Tufo: Que estando tú de profesor, la academia no podrá llamarse Atenea. Lo suyo es que se denomine Afrodita.




7.      Un final como Dios manda


-          ¿Termina así el relato de tu tío abuelo?, pregunté a mi amiga Carolina, que me había dado a leer las páginas precedentes.

-          En efecto. ¿No te ha parecido suficientemente largo?

-          Hasta demasiado; pero ¿y el final?

-          El final es el que mi tío Felipe quería transmitir: Cómo la posguerra envenenó tanto como la guerra las relaciones entre españoles y que, a veces, los peores fueron los que tenían que haber sido más comprensivos.

-          Ya, y que los mejores lo fueron, no por sus valores políticos, sino por su sensibilidad.

-          Bien, pues ya está. ¿Qué más quieres?

-          ¡Qué demonios voy a querer! Saber si llegaron a casarse Charito y Felipe. No pretenderás que yo transcriba el relato dejando este tema en el limbo.

     Carolina sonrió.

-          Vamos a ver, hombre, ¿cuáles son mis apellidos?

-          Hernández Alvarado.

-          Segunda pregunta: ¿Apellido paterno de Charo?

-          Alvarado, según creo haber oído.

-          Tercera y última: ¿No te he dicho que Felipe Duplá era tío abuelo mío?

-          En efecto… ¡No me digas más! Ya me ha quedado claro.

-          Entonces, ya puedes darlo a conocer. Para mí, al menos, es una curiosa historia.
    

    


    
    


    





[1]  Siglas de la Juventud Obrera Católica (o Cristiana), movimiento internacional de espiritualidad de/para obreros, que alcanzó notable importancia en España, aproximadamente, entre 1945 y 1970.
[2]  Aniversario de la proclamación, en 1931, de la Segunda República Española.
[3] Conocida actriz cinematográfica inglesa (1911-1979). Su nombre real era Estelle Merle O’Brien Thompson.
[4]   Dark Waters, película de 1944, dirigida por André de Toth.
[5]  Acróstico de Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles, fundada en 1941.
[6]  Expresión latina usada frecuentemente para referirse a las Universidades, particularmente a aquella en que se ha estudiado. A la letra, viene a significar madre nutricia.
[7]  Sindicato Español Universitario, único y oficial durante gran parte del franquismo. Se había fundado en 1933.
[8] José María Rodríguez Méndez (1925-2009), famoso dramaturgo español.
[9] Gregorio Marañón y Posadillo (1887-1960), el más famoso médico español de la época.
[10] Empresa italiana, famosa por la fabricación de máquinas de escribir, a partir de 1908.
[11] La Singer Corporation es una empresa americana líder en la fabricación de máquinas de coser, que inició en 1851.
[12]  Denominación que, en la época de este relato, tenían las pruebas para obtener el título de bachiller. Estaban reguladas por Ley de 20 de septiembre de 1938 y los examinadores eran profesores de Universidad.
[13]  Nombre de la calle madrileña en donde radicaba a la sazón la Escuela de Policía Española.
[14]  Nombre dado en la J.O.C. a los sacerdotes ligados al movimiento que aconsejaban y dirigían espiritualmente a sus miembros. Su nombramiento contaba con el beneplácito del obispado correspondiente.
[15]  Nota del autor, en su calidad de transcriptor fiel del relato de un fragmento de la biografía de Felipe Duplá, tal como se la contó Carolina Hernández Alvarado, sobrina nieta de aquel. La prometida instantánea la tienen los lectores a continuación del inciso y está tomada a Charo y un grupo de chicas que hacían juntas las actividades de Auxilio Social.
[16]  Manuel Azaña Díaz (1880-1940), político español, Presidente del Consejo de Ministros y de la República, en diversos periodos de la II República Española. El padre de Charo sería diputado por Acción Republicana o por Izquierda Republicana, según que las elecciones hubieran sido antes o después de 1934, respectivamente.
[17] Título que acreditaba la superación con aprovechamiento de la Educación Primaria, a tenor de la Ley de 17 de julio de 1945.
[18] Habiendo consultado viejos carteles y programas de mano, no me ofrece duda que se trataba de El signo del Zorro (The mark of Zorro), película de 1940, dirigida por Rouben Mamoulian, que en España se estrenó muy tardíamente.
[19] Quattro passi tra le nuvole, película de 1942, dirigida por Alessandro Blasetti, cuyo estreno en España también se hizo esperar.
[20]  En vida de Felipe Duplá se estrenó una película homónima en España (Era di venerdì 17 / Sous le ciel de Provence), dirigida por Mario Soldati en 1956. Después de su muerte, apareció una nueva versión, bastante diferente de las anteriores: Un paseo por las nubes (A walk in the clouds), dirigida por Alfonso Arau en 1994.
[21]  La fábrica alemana de estilográficas Kaweco funcionó entre 1883 y 1981, habiendo reanudado su producción tras la II Guerra Mundial, en 1947. A partir de 1981, persiste la marca de fábrica Kaweco, pero a cargo de otras empresas alemanas asociadas.
[22]  Famosa marca de plumas y otros ítems, de fabricación alemana, fundada en 1906.
[23]  Originalmente, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, obra de Lewis Carroll (primera edición, 1871), en cuyo capítulo VI se desarrolla el concepto y celebración de los “no cumpleaños”. Se trata de la continuación de las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, del mismo autor, aparecidas en 1865.
[24] Secreta o policía secreta era la denominación vulgar de los agentes del Cuerpo General de Policía, para diferenciarlos de los uniformados, o Cuerpo de Policía Armada y de Tráfico (Ley de 8 de marzo de 1941).
[25] Bathing beauty, dirigida por George Sidney en 1944, estrenada en España a finales de 1946 y repuesta en 1948, año al que se contrae el relato.
[26] Efectivamente, el Instituto de la ciudad de Mantuana empezó a funcionar en el curso 1845-46, aunque en su actual (2017) ubicación lo hizo en 1908.
[27] Con carácter general, Ley  de 8 de marzo de 1941, por la que se reorganizan los servicios de Policía (BOE de 08/04/1941), artículo 3º.